No hubo explosiones, hombres armados ni una planta tomada por la fuerza. Tampoco fue necesario destruir una presa o cerrar físicamente una válvula. Bastó con que alguien, quizá a miles de kilómetros, entrara a un sistema y alterara la tecnología que controlaba el agua. Del otro lado, la escena era absolutamente cotidiana: una persona abría la llave para bañarse, preparaba el café o llenaba un vaso, sin imaginar que algo tan elemental podía depender de una contraseña, una conexión remota …
