Hay un enojo acumulado en México. Es legítimo. Décadas de corrupción e impunidad dejaron la sensación de que nadie respondía por sus actos. Era inevitable que la sociedad exigiera consecuencias. El problema aparece cuando esa exigencia se convierte en hambre de culpables. En ese momento deja de importar si una investigación fue sólida, si el debido proceso se respetó o si las pruebas resisten el escrutinio. Basta con que alguien sea exhibido para sentir que, al fin, se hizo justicia. …
