Dicen que las elecciones no se ganan ni se pierden: se explican. Por lo pronto, el PRI festina que se llevó carro completo (lo cual es cierto); Morena acusa que hubo fraude (o sea, Drácula recomienda abstinencia sanguínea), y el PAN califica o, más bien, subestima el resultado como “anomalía”, es decir, el paciente tiene cáncer de pulmón, estómago y páncreas, pero el resto del cuerpo está de maravilla.
Con esas salvedades, y lejos de las florituras estadísticas reservadas a los especialistas electorales, intentemos alguna aproximación.
Primero que nada: desde hace ya varios años el PRI de Coahuila ha tenido una muy eficaz estructura y organización electorales, diseñada de manera microscópica en los gobiernos de Humberto y en especial Rubén Moreira. Por ejemplo, para una gran cantidad de actividades de distinta naturaleza tenían muy bien mapeados y personalizados los nombres, direcciones, santo y seña de los votantes coahuilenses, o de una muy buena parte, y eran convocados para todas ellas. Otro ejemplo, sabían muy buena parte de las pequeñas grandes necesidades de familias modestas -un lugar en la primaria, una beca para prepa, una consulta rápida en el hospital de la esquina- y esto, además de su importancia en sí misma, es oro molido electoralmente. Es de suponerse que estas prácticas se volvieron parte del paisaje cultural y político, y generaron empatía, un valor altamente relevante que muchos han perdido de vista en el magma del ego y las redes sociales. En conclusión, el PRI hizo su trabajo y lo hizo bien.
En segundo lugar: Coahuila va bien. A pesar de algunos tropiezos económicos recientes derivados del estancamiento nacional, casi todas las cifras de Coahuila son buenas: 5º estado con mejor PIB per cápita; exportaciones el año pasado de 65 mil 500 millones de dólares; 9ª economía nacional por tamaño; estado líder en producción de autopartes; entre enero y abril de 2026 creó casi 18 mil empleos, esto es, el doble de la meta inicialmente prevista; la pobreza laboral bajó de 23.5% a 22.7%; sus principales ciudades -Saltillo y Torreón, ambas del PRI-, observan dos de los mejores porcentajes -16.7% y 20.3%, respectivamente- en materia de percepción de inseguridad a nivel nacional; Saltillo es la 3ª ciudad mejor calificada en la efectividad de su gobierno para solucionar problemas según INEGI; de acuerdo con el Índice de Competitividad Urbana (IMCO) ocupa el 4º lugar a nivel nacional y el 2º en el subíndice de Estado de derecho, que incluye incidencias como robo de vehículos y homicidios por cada 100 mil habitantes, y, en suma, Coahuila obtuvo 70.6 puntos -de 100 posibles- en el Índice de Progreso Social (2024), quedando en la 5ª posición de prosperidad a nivel nacional. Como cereza del pastel, su gobernador tiene un nivel de aprobación que oscila entre e 64% y 69% en lo que va de 2026.
Como se puede deducir válidamente, todo lo anterior cuenta.
Tercer punto: el rechazo a Morena aportó también su cuota en una doble pista. Por un lado, como pasa en muchas partes del mundo, los “sobornos al pueblo”, según los llama Tony Blair, en forma de subsidios, transferencias, pensiones, becas y demás entran en determinado momento en una fase de rendimientos decrecientes, ya no generan vínculo político efectivo alguno con quienes dicen que se los entregan porque dan por descontado que pasaron a ser propios, o bien porque el dinero que entra por un lado sale por el otro (en pagar salud, medicamentos, gastos escolares) donde la provisión pública es un desastre o, de plano, ya no existe. Puesto de otra forma: el quid pro quo sencillamente ya no jala.
Más aún: en varios estados, los beneficiarios reportan anomalías o, directamente, corrupción en el reparto bajo la forma de chantaje, inflación de padrones, intercambio de favores y movidas de ese jaez, como lo identificó en su momento el extinto Coneval. Estas prácticas, para efectos psicológicos, alimentan en el elector común y corriente un resentimiento que se cobra en la boleta y en la intimidad de la urna.
Y por otro lado, en alguna medida, una porción relevante del votante apartidista le cobró a Morena el desastre que han sido sus gobiernos en materia económica, en sus problemas de corrupción a muy alto nivel, en el aspecto del crimen organizado, en la pésima conducción de la relación con Estados Unidos -tema muy sensible en una entidad fronteriza como Coahuila-, y en la ineptitud en otros renglones de la política pública. Así como es natural y legítimo que un partido en el gobierno aproveche electoralmente sus logros, también es inevitable que otro pague las consecuencias de sus fracasos. Añádase otro factor: los muchos Méxicos también lo son en el piso electoral.
La cuarta nota es la extraordinaria novatez del PAN. Mientras que en las elecciones de 2016 tuvo 43%, ahora sacó 2.1%, y, pese a ello, como mecanismo de autodefensa, adujo que Coahuila es un tema local. Peligroso el dictum porque refleja un exceso de confianza, un mal cálculo electoral, un evidente desconocimiento de una realidad nacional y sociológica incierta y cambiante, todo lo cual, en conjunto, prefigura un engaño que, como bien se sabe, en política suele ser autoengaño. Por cuanto a MC, que parece ir cada vez más a la deriva desde una perspectiva táctica y estratégica, esta jornada exhibe una confusión letal: para un partido que pretende presentarse como una fresca tercera vía, obtener menos de 25 mil votos o 1.96% es un fracaso en toda regla.
En conclusión, Coahuila deja lecciones invaluables si las distintas oposiciones quieren de verdad ser competitivas en 2027 y útiles para defender lo que queda de la democracia mexicana.
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