De una manera u otra, desde finales del siglo XIX, el nacionalismo trasnochado y la locura ideológica han sido consustanciales a la cultura política latinoamericana o, mejor dicho, a la narrativa que sus autócratas suelen construir para polarizar el ambiente y justificar su incapacidad. Se erigen en los defensores virginales de valores que dicen haber aprendido desde Bolívar o San Martín para salvaguardar unas nociones de “soberanía” que, en tiempos de globalización, libre comercio o revolución tecnológica, han perdido sustancia, sentido y contenido.
Pero de tanto usarlas se han vuelto cómicas hasta el aburrimiento las acusaciones a que recurren estos próceres -ver las mise en scène de Petro, Sheinbaum, Díaz-Canel e incluso Pedro Sánchez con la corrupción que destila por donde quiera- contra la extrema derecha o la extrema nada; los norteamericanos, el injerencismo o los conquistadores, para encubrir el desastre de sus gobiernos, los malos saldos en la economía, la salud, la educación o la seguridad, las derrotas electorales o los escándalos en que han sido pillados.
La conclusión la encuadró bien León XIV en pleno corazón de España la semana pasada: “Ganan popularidad avivando el fuego de las polarizaciones”.
Por tanto, la cómoda puerta falsa de los autócratas consiste en enarbolar una arenga lacrimógena: nuestros gobiernos no funcionan porque hay una confabulación de los adversarios que nos impide proveer a los ciudadanos de los bienes públicos que prometimos. La trampa es que esas puertas, no por cómodas dejan de ser falsas.
Quienes todavía están en el poder siguen peleando contra fantasmas que no existen. Y los que ya salieron emprendieron iniciativas como el llamado Grupo Puebla, que nacieron muertas porque sus protagonistas no tenían autoridad moral o política ni liderazgo alguno y se convirtieron literalmente en un modus vivendi para ellos y para quienes, defenestrados en su tierra, como los parásitos de Podemos, salieron a hacer la América.
El caso más patético, sin duda, es el del expresidente español Zapatero, que se dedicó por años al coyotaje en la región y hoy está imputado por la justicia española por presuntos y variados delitos en contubernio con la dictadura venezolana, entre otras lindezas.
El drama de unos y otros es despertar una mañana con que los “enemigos” no estaban en el patio trasero sino en la propia casa y todo se reduce a que ni fueron ni son capaces de hacer gobiernos competentes, preparados, transparentes y eficientes en toda regla por la sencilla razón, dijo el expresidente chileno Ricardo Lagos, de que el crecimiento económico, la educación de calidad, las finanzas sanas o la buena seguridad no son de izquierda ni de derecha sino de sentido común.
Esta es la lección que no han aprendido los políticos de distintas partes: el mundo cambió de paradigma, la explosión mediática y de redes diluyó la verborrea incendiaria de la plaza pública y el ciudadano promedio ha preferido volver a lo básico -seguridad, estabilidad, comida en la mesa y un empleo digno y seguro- y no arriesgarse con los paraísos prometidos por los mesías porque estos, sencillamente, no existen. Allí están los espejos recientes en que pueden mirarse: Chile o Hungría, y probablemente mañana Brasil, Colombia, España y México.
Con el tiempo, los autócratas se dan cuenta de que un día cae el telón, llega el ajuste de cuentas y recordarán aquella línea de Wisława Szymborska, la poeta polaca: “Sé que nada me justificará mientras viva, porque yo misma fui mi propio obstáculo”.
Recomendar Nota
