Andrés Manuel López Beltrán ya no tiene visa para entrar a Estados Unidos.
Es un tema grave y que debería preocupar en la Secretaría de Relaciones Exteriores, el Centro Nacional de Inteligencia, Morena y, por supuesto, Palacio Nacional y la finca en Palenque.
Los motivos para la suspensión de los visados no los vamos a conocer, a menos que así lo quieran en el Departamento de Estado, pero no suelen dar información sobre las particularidades de esos asuntos.
Lo que sí sabremos, en cambio, es que habrá consecuencias políticas y de gran calado, no tanto por el afectado, sino porque es el hijo de Andrés Manuel López Obrador, el líder más relevante, junto con la presidenta Claudia Sheinbaum, del movimiento que está en el poder desde 2018.
Es un golpe y fuerte, porque toca a las puertas de la familia presidencial y donde no hay margen para la displicencia con la que han actuado en otros momentos.
“Andy” López Beltrán optó por un control de crisis tradicional, pero de los que se utilizan en momentos desesperados: dar a conocer la información para intentar que la narrativa prevalezca acotada.
Por eso, aunque sea de modo atropellado, colocó el tema político como factor de sus apremios. Le quitaron la visa —es el argumento— porque dos funcionarios, Marco Rubio y Christopher Landau, mal aconsejan a Donald Trump y potencian las fobias conservadoras contra Morena.
Inclusive llega al exceso, por demás absurdo, de exigir que el secretario y el subsecretario del Departamento de Estado sean despedidos de su cargo.
Eso no ocurrirá, por supuesto, pero tampoco abonará a revertir la percepción que se tiene, justa o injusta, sobre los políticos a los que se les quita la visa.
López Beltrán resentirá el ambiente que ya prevalece por el desastroso manejo que ha hecho la gobernadora de Baja California, Marina del Pilar Ávila, por una situación similar, aunque ella con el agravante de que ha intentado negociar, sin éxito, con el FBI para no terminar, algún día, extraditada.
Serán días y meses difíciles para el aspirante a diputado desde Tabasco, ya que su situación añade complejidad a la relación con Estados Unidos y coloca a su partido, otra vez, contra las cuerdas.
Para López Obrador, en cambio, es el golpe más fuerte desde que terminó su mandato, ya que ahora tendrá que operar para salvar a su propio hijo del ecosistema enrarecido que él mismo ayudó a construir.
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