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CUENTO: Aniela Rodríguez, "Mecánica popular para viajeros del tiempo"

En este relato, Aniela Rodríguez transforma el universo de Volver al futuro en una exploración inquietante de la memoria, el amor y la identidad. Entre ecuaciones, paradojas temporales y ecos de la cultura popular, Jennifer McFly reconstruye un matrimonio condenado a repetirse. El tiempo aparece aquí no como una línea, sino como una herida que insiste en abrirse.

Aniela Rodríguez

                                                                                            Volver hacia atrás no siempre es inocente.                                                                                              El pasado puede ser un lugar peligroso.

                                                                                                                        Gueorgui Gospodínov

Jennifer McFly, Doc. Dígame que me recuerda. Vine porque hace mucho estoy queriendo decirle todas estas cosas, y porque siento que ya se me desliza a mí también el tiempo, Doc: tiendo a desdecirme cada tanto y a confundir en cuál de todos los pasados está enterrado esta versión de mí. Quiero decir, que de haber sido mi decisión, yo nunca habría abandonado a Marty. Al principio, todo bien: entonces tuve el valor para quedarme y decirle, a medias convencida, que todo ese tema de los tiempos a mí no me importaba, porque quería estar con él. Por ese entonces ya empezaba a suceder: alteraba el tiempo y se miraba las manos como si fueran capaces de condensar en ellas el control de todo en su insensatez.

Yo lo esperaba a él, Doc, pero nada nunca llega si uno lo está esperando; eso ustedes deberían saberlo bien. La última vez que Marty se montó en el DeLorean no sabía ni qué decirle, pero ya sabía que nuestros días estaban contados. Y uno sabe que va a llegar el día, pero nunca está del todo lista, ¿cómo iba a estarlo, Doc? Todo el tiempo que alteraba la línea temporal, mi mente se ponía en off. Yo lo sentía, ¿cómo no iba a sentirlo, si estaba obrando todo él en mí? Atravesaba mi tiempo y atravesaba mi memoria: toda entera, perforada. Al principio, digo, todo estuvo bien: eran uno o dos flashazos al mes, y nada más. Una aprende a vivir con ellos, porque el corazón se siente un tanto más tieso y pareciera que alguien nos jala hacia abajo los pies. Entonces yo sabía que había perdido un recuerdo y que lo había hecho por culpa del imbécil de Marty: que otra vez estaba jugando con nuestro tiempo. No dejes que te alcance el olvido, Jennifer. ¿A quién mierda creía que le hablaba? 

No nos tolerábamos hace mucho, Doc, y eso no lo soportaba. Quería eliminar cada uno de los momentos dolorosos que habíamos pasado juntos. Son demasiados, le dije, cuando aún creía que podía convencerme. Arrancar dolores tan antiguos no es tan fácil. Pero él no lo entendió así: tenía fe en que encontraría la anomalía que hacía que un matrimonio como el nuestro fracasara. Había guardado poco sus viajes: la bitácora amarillenta, un par más de zapatos, una cantimplora con agua. ¿Cuánto tiempo llevaría Marty viajando en su memoria? 

El tiempo es un espejo del tiempo, me escribió desde algún momento de nuestra historia que procuró no fechar; yo le había pedido hace mucho que, si iba a alterarlo todo como si le viniera en gana, me diera el derecho a no recordar su estupidez. No había nada que pudiera hacer ante eso, Doc: si yo intentaba escapar, Marty alteraba el tiempo y me regresaba al limbo de la habitación; un parpadeo bastaba para dinamitarlo todo. Un parpadeo, ¿se imagina lo que es eso? 

Por eso, cuando ayer por fin me decidí a pedirle el divorcio, Marty me juró mil veces que volvería en el tiempo y regresaría al estado original de nuestra memoria; recuperaría, de tanto parchar el tiempo, la inocencia con la que nos sonrojábamos de adolescentes. Vete a la mierda en pasado y en presente, y si quieres también en el futuro, le contesté y le aventé un sobre a la cara. Luego se fue, tarareando una canción de hace 20 años que entonces era muy famosa y ya nadie recuerda, porque en un capricho cualquiera el pelmazo de Marty McFly la borró.

Según usted, Doc, ¿qué es el futuro?

                              futuro, ra. (Del lat. futūrus). adj. Que está por venir.
                              iℏ ∂ψ/∂t = Ĥψ
                              El futuro no es un estado determinado sino una función de onda.                                    Una superposición de probabilidades, que lo contiene todo a la vez,                                y colapsa en el instante en el que alguien se atreve a mirarlo. Antes                                de eso, todo lo que está por venir existe y no existe a la vez.

Déjelo, Doc; ya no importa. Volverá en silencio algún día, cuando recuerde cada McFly que se ha quedado a vivir su futuro, ¿o es que el fantasma de un recuerdo no termina embistiéndonos al fin? Su pasado y su presente no significan nada, pero el mío sí: vivo cosida al extremo de un tiempo al que no pertenezco. O quizás nunca pertenecí, no sé. ¿Terminará algún día con este juego?

Nada hay de infinito en un viajero del tiempo. Ni siquiera la luz, que atraviesa convencido de que saldrá sin rasguños después de penetrar en la delgada película de la memoria. Imagínese esta escena: Marty baja del DeLorean en un tiempo cualquiera, qué más da cuándo, porque el dónde ya lo sabemos. Está aquí y está ahora: Marty siempre vuelve a este momento, Doc, y pretende arreglar aquí la curva de sus actos, pero no importa lo que haga: el tiempo siempre termina regresando a sí mismo. Ayer le dije que me iba y le entregué esa carta; y como todas las noches que vuelve al mismo punto, dejó el sobre sin abrir.  

                              Δt = Δt₀ / √(1 − v²/c²)
                      El tiempo del viajero se acorta mientras aumenta su velocidad, y se                                            vuelve elástico en tanto se acerca a los casi 300,000 km/s de la luz. Para                                  alcanzarlos, tendría que aumentar su masa y consumir energía en                                              proporciones iguales, sin descanso, atrapado en una infinita                                                          aceleración. 

La cosa, Doc, es que estamos aquí repitiendo una y dos y las veces que sean necesarias esta historia: la de un Marty McFly que toma el sobre y se monta en el DeLorean, esperando corregir el error que despedazó nuestro matrimonio. Encender el auto, echar a andar el condensador de flujo, ingresar cuanto antes la fecha. Construir un futuro que pueda acabar con la mierda del pasado. Pero el tiempo no funciona así, Doc, eso usted lo sabe, y hay una fuerza que siempre nos regresa al mismo sitio, por más lagunas y dolores de cabeza que puedan aparecer cada vez que Marty altera otra cosa en nuestro tiempo; un día tienes el recuerdo de haber nacido en Reno y al otro estás fumando marihuana en el estacionamiento del banco. 

Si me pregunta usted a qué vine, yo tampoco lo sé. Vine a seguir la continuidad de un tiempo, pero aquí nada ha cambiado del todo, ni siquiera la luz. Como siempre, el Marty del pasado estará del otro lado de la puerta escuchándonos hablar, y recordará entonces que lleva la carta con él donde le digo que lo estoy abandonando. Y 20 veces la lee, y 20 veces azota la puerta para que todos escuchemos su historia: esta línea del tiempo como la conocemos está llegando a su fin. Todas las versiones que usted y yo hemos sido empezarán a replegarse en un minuto; si tenemos suerte, el tanque del DeLorean ya se habrá vaciado.

 

* Aniela Rodríguez. Ha publicado los libros de cuentos El confeccionador de deseos (Ficticia, 2013) y El problema de los tres cuerpos (Minúscula, 2019). En 2023 obtuvo el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada. Aparece en la selección de los Mejores Narradores Jóvenes en Español de la década, realizada por la revista Granta en 2021.

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