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MÚSICA: El arte de la contradicción

Juan Pablo García Moreno

En el primer acto de Parsifal, la última ópera de Richard Wagner, el caballero Gurnemanz le muestra al protagonista que da nombre a la obra los secretos de su orden. Antes de hacerlo, le advierte: “Aquí el tiempo se vuelve espacio”. Lo que sigue es uno de los pasajes más bellos que compuso Wagner —y, junto con la despedida de Wotan en La valquiria, mi favorito. Parsifal no entiende lo que acaba de presenciar; Gurnemanz, ofendido ante tales limitaciones, se decepciona y despide a su invitado.

El director Yuval Sharon recupera esta escena en su libro A New Philosophy of Opera (Liveright, 2024) para ilustrar la probable experiencia de alguien que acude a la ópera por primera vez. Quien se atreve a acercarse a un arte que se presenta como distante, arcano y elitista, tiene que lidiar además con la presión de quienes asumen que hay algo que entender —y que el nuevo espectador además debe entender a la primera. No hay nada más efectivo, dice Sharon, para alejar a alguien definitivamente de esta experiencia. 

¿En qué momento un arte que nació espontáneo, divertido y rebelde comenzó a asociarse con convenciones sociales estrictas? ¿Cómo es posible que una suma tan inverosímil de disciplinas y artes haya dejado de emocionar? ¿En qué momento se osificó la ópera y quién gana con esa osificación? Y, sobre todo, ¿cómo romper este ciclo?

Sharon nos recuerda que la historia de la ópera no es lineal y que ésta no es la primera vez que la disciplina parece moribunda. Ahora bien, la crisis actual refleja los signos de nuestro tiempo: la alta desigualdad, la privatización de la cultura y la reducción de la capacidad y los periodos de atención. En la batalla por la atención, además, la ópera compite con formatos nuevos, como las series, cuyo éxito radica en la coherencia de su estructura narrativa. Frente a eso, ¿hay algo que hacer? 

La respuesta del director es contundente: sí, la ópera debe reivindicar y profundizar lo que la hace diferente. A diferencia de las series, la ópera no está limitada por la coherencia y puede explorar la contradicción: entre la música y el drama, entre la convención y la novedad, entre el público y los artistas. No sólo eso, también es uno de los últimos reductos en donde la racionalidad se suspende —donde el tiempo se vuelve espacio—: su función es inspirar, no explicar. Y Sharon tiene muy claro cuál es el rol del director: no darle al público lo que cree querer, sino mostrarle lo que no sabía que deseaba. 

Dos acontecimientos recientes me hacen rescatar este libro. El primero es el Festival de Bayreuth, que esta semana cumple 150 años. La meca del wagnerismo celebró el aniversario con una nueva producción de El anillo del nibelungo, que fue sonoramente abucheada y recibida con escándalo por su uso de inteligencia artificial. Es normal. A diferencia de lo que sucede en el universo del anillo, nos diría Sharon, no es el fin del mundo: así se empujan los límites. 

La segunda, que lamento, es la salida anticipada de Marcelo Lombardero de la dirección de la Ópera de Bellas Artes. Si bien corta, fue una gestión notable. Hizo a un lado el repertorio habitual y corrió el riesgo de estrenar obras de Dmitri Shostakóvich, Luciano Berio y Kurt Weil con voces estupendas, como las sopranos Cecilia Eguiarte y Lada Kyssy. Un director que, como Sharon, sabe que la ópera es un arte vivo que debe, ante todo, emocionar. 

Coda 

Es imposible hablar de ópera contemporánea sin mencionar a la compositora finlandesa Kaija Saariaho (1952-2023), autora de obras fundamentales como El amor distante, Inocencia y Adriana Mater. Esta última será estrenada el próximo 7 de octubre en el Festival Internacional Cervantino con la Orquesta Juvenil Universitaria Eduardo Mata y su titular, José Areán. La dirección de escena es de Marcelo Lombardero. 

*Juan Pablo García Moreno. Periodista y editor.
@JpGm91

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