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CINE: Sacar el cobre: el lenguaje de la sospecha

Carla Garduño

                                                                                         No hay alcance por el desastre. Fuera de alcance                                                                                                  está aquél a quien amenaza, no cabría decir si                                                                                                      de cerca o de lejos —en cierto modo el infinito de                                                                                                   la amenaza ha roto todos los límites. 

                                                                                         Maurice Blanchot, "La escritura del desastre"

Hay un momento del amanecer, que apenas dura unos cuantos minutos, en el que la luz es ambigua: no es de noche pero tampoco de día. En ese lapso los ojos, poco a poco, se acostumbran al cambio de iluminación. Después de la ceguera momentánea, llega la revelación del día pero, contrariamente, la certeza de la hora se desdibuja. No es sino hasta que el neutro gris azulado da paso a los colores del día que el artificio se termina —o al menos se interrumpe hasta que la oscuridad vuelva a ser total. En Cobre, su película más reciente, Nicolás Pereda desarrolla un lenguaje cinematográfico de la sospecha. La verdad nunca se enuncia de forma directa, sino que sólo se puede inferir a partir de gestos, silencios y fragmentos. La violencia, la precariedad y los secretos familiares apenas se nombran pero atraviesan la historia.

En la secuencia inicial, el negro de la pantalla se diluye en el amanecer. Lázaro —el personaje homónimo del actor predilecto de Pereda, Lázaro G. González—, tiene el rostro cubierto por un casco de motocicleta y observa un punto fuera del alcance del espectador. Cuando la mañana ha terminado de asentarse, mientras desayuna, cuenta a su tía y a su madre que, camino a la mina de cobre en la que trabaja, se encontró un cadáver en la orilla de la carretera. La respuesta de la madre es breve pero tajante: “No le vayas a decir a nadie porque te metes en problemas”. Después de ese momento, el espectro del muerto se convierte casi en ruido de fondo. No se vuelve a nombrar, salvo en el noticiero, en los rumores del pueblo o en los sueños de Lázaro. Nunca se sabrá su identidad ni las circunstancias de su muerte, pero su presencia seguirá latente en el aparente vacío de la cotidianidad de Lázaro, la cual fue interrumpida por ese acontecimiento. 

La trama de Cobre se centra en la falta de aire que padece el protagonista, quien atribuye el malestar al daño que el trabajo en la mina ha causado en sus pulmones. Los médicos, su jefe y su familia le aconsejan que deje de fumar; sugieren, además, que la verdadera causa de sus consultas es su haraganería. El origen de su malestar permanece desconocido, pero lo cierto es que nunca enciende un cigarro y, por las noches, su respiración se convierte en un quejido que parece revelar aquello que Lázaro se empeña en callar. 

El lenguaje de Pereda renuncia frecuentemente a las palabras. Los ojos de Lázaro en primer plano; primero negros y luego verdes. Lázaro ve al vacío mientras come fruta. Lázaro observa, en silencio por la ventana, dos pares de piernas entrelazadas reposando sobre una cama. Con las manos cruzadas detrás de la espalda, Lázaro contempla el paisaje. Un roce de manos. Dos miradas se encuentran en silencio y se dicen algo que no podemos escuchar. Nunca sabremos con completa certeza lo que ha ocurrido ni lo que piensa el protagonista. Pero es en esos gestos donde descubrimos sus secretos. 

La mayoría de las acciones se desarrolla en espacios cerrados: el consultorio, la casa, la oficina o el auto. Si llegamos a conocer el carácter de los personajes y sus relaciones, es bajo un techo: en la intimidad caben tanto el engaño como la complicidad. El silencio domina el ambiente, salvo pocos instantes en los que los sonidos instrumentales aumentan la intriga. Los diálogos sostenidos son pocos. Sin embargo, son contundentes e iluminadores. Por medio de pláticas que ocurren detrás de cortinas, conversaciones telefónicas de las que sólo conocemos una mitad, discusiones de oficina o simulaciones de escenarios hipotéticos —que, por cierto, introducen el humor irónico característico de Pereda— se revelan los mecanismos de la mentira. 

Es de noche y lo único que se puede ver son los rostros de Lázaro y su tía. No hay palabras de por medio, pero la sonrisa y la mirada de complicidad lo dicen todo. Aquello que la película nunca hace explícito termina por revelarse: ya salió el cobre. La oscuridad vuelve a ser total.

*Carla Garduño. Internacionalista por El Colegio de México e hispanista en formación por la UNAM. A partir de lo que ve, piensa las formas de narrar.
@la_carlaverita

 

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