Daniela Mendizábal
Todo es verde
Todo es verde.
Verde menta, para ser precisa.
Un verde antiguo.
El case del celular es verde.
Mi Kindle es verde.
La máquina de escribir es verde.
Las hojas de la máquina de escribir son verdes.
Las ideas que escribo en la máquina de escribir verde también son verdes.
Mis libretas, el refri, el microondas y mi ropa interior también.
Si pudiera, pintaría mis gatos de verde.
No se puede.
Mi memoria es verde.
Eso no lo elegí.
Hay quienes recuerdan en sepia.
Otros dicen que la infancia es amarilla.
Yo no recuerdo cuándo empezó el verde.
Mi abuelo tenía una imprenta.
La imprenta siempre estaba más caliente de lo necesario.
as máquinas respiraban como animales grandes y el olor a tinta se quedaba adherido a la ropa.
Ése era su perfume.
No necesitaba oler a nada más.
Cuando sacaba una hoja recién impresa, mi abuelo la sostenía por las orillas.
—Hay que darle tiempo— decía. Si no, se corre.
Yo miraba las letras húmedas.
Parecían quietas.
No lo estaban.
Muchos años después trabajé en una redacción.
Ahí nadie le daba tiempo a nada.
Última hora.
En vivo.
Minuto a minuto.
Urgente.
La redacción era un lugar construido alrededor del terror de llegar tarde.
Una vez publicamos que doce personas habían sido rescatadas de un edificio después de un sismo.
Doce.
No once.
No trece.
Doce.
Nunca supe de dónde salió el número.
Doce, como los apóstoles.
Doce, como los meses.
Doce, como los astronautas que han caminado sobre la Luna.
Durante unas horas hubo doce personas vivas dentro de un edificio.
Después dejaron de existir.
Nunca habían existido.
Alguien corrigió la nota.
Seguimos trabajando.
A veces pienso en esas doce personas.
No sé dónde ponerlas.
Tal vez por eso empecé a desconfiar del tiempo.
O de la escritura.
No sé cuál de los dos empezó primero.
El tiempo también corrige.
Borra una cosa.
Pone otra encima.
A veces deja una mancha.
No sé cuánto tiempo llevo esperando.
Tengo hambre.
Se me antojan pasas con chocolate La Posse.
Son mis favoritas.
Abro la alacena sabiendo que no hay.
Reviso.
Cierro.
Vuelvo a abrir.
Siguen sin estar.
Pienso que mañana compraré.
Mañana siempre es una promesa cómoda.
Pienso en la humedad del departamento, en el zumbido constante de los coches debajo de la ventana, en que debía comprar Riopan.
Hay humedad en una esquina del techo.
También es verde.
No sé cuándo apareció.
No sé cuándo ocurrió exactamente.
Ése es el problema.
Podría haber sido antes.
Podría estar ocurriendo ahora.
Podría no haber ocurrido todavía.
Nunca hay que llegar antes que los hechos.
Me quedo dormida.
Un flamingo permanece inmóvil frente a mí.
Tiene las patas hundidas en el agua.
Nos miramos.
No sé si los flamingos reconocen rostros humanos.
No importa.
Yo sí reconozco el suyo.
—Llegaste— digo.
El flamingo inclina la cabeza.
Espero.
He sido buena esperando.
He esperado domingos.
He esperado llamadas.
He esperado que la tinta se seque.
He esperado noticias.
He esperado confirmaciones.
He esperado que el universo terminara de traerme la luz de estrellas muertas.
He esperado vidas que nunca ocurrieron.
He esperado tanto que ya no sé si esperar es algo que hago o algo que soy.
El flamingo da un paso hacia el agua.
Después otro.
Quiero decirle que no se vaya.
No lo hago.
Las lagunas no hablan.
El flamingo se queda quieto un momento.
Luego abre las alas.
Levanta el vuelo.
Lo sigo con los ojos hasta que el rosa se confunde con el cielo.
Espero un poco más.
Después miro el agua.
Es verde.
Hay una mujer dentro.
Temporada de flamingos
La primera vez que vi un flamingo pensé que estaba mal hecho.
Demasiado de todo y nada. Demasiadas articulaciones.
Demasiado cuello.
Las patas parecían pertenecer a otro animal. Una elevación de errores les daba esa altura.
Los observé durante mucho tiempo.
¿Qué dice su rostro?
¿Se sienten mal hechos?
¿Quisieran ser más pequeños?
Había cientos.
Metían la cabeza en el agua y la sacaban. Caminaban. Se detenían. Discutían entre ellos.
Algunos dormían sostenidos sobre una sola pata.
¿Para ellos eso era hacer yoga?
Hacían un ruido desagradable.
Eso me gustó.
El aire olía a sal, barro caliente y materia orgánica descomponiéndose.
Entonces pensé en el ser virtuoso.
No porque fuera hermoso.
Sino porque siempre se iba.
Los flamingos son migratorios.
No todos.
No siempre.
Depende.
Esa palabra aparece mucho si intentas investigar sobre ellos.
Depende de la especie.
Depende del agua.
Depende de la temperatura.
Depende del alimento.
Depende de las lluvias.
Depende.
Había pasado años intentando entender por qué el ser virtuoso regresaba y resultó que la biología tenía una respuesta más elegante que la mía.
Las condiciones.
Los flamingos regresan cuando las condiciones son las adecuadas.
El ser virtuoso también.
La primera vez que se fue pensé que volvería.
La segunda supe que volvería.
La tercera empecé a disfrutar de la espera.
Después dejé de contar.
El ser virtuoso hablaba de su psicoanalista en la oficina.
Recuerdo el aire acondicionado.
Recuerdo la luz.
Recuerdo que éramos lo bastante jóvenes.
Recuerdo una taza sobre el escritorio.
Pero no recuerdo qué llevaba puesto.
Mi memoria tiene ahora prioridades extrañas.
—Uno cree que viene a hablar del pasado— dijo, pero termina descubriendo que el pasado no ha terminado.
O quizá no dijo eso.
He repetido esa conversación tantas veces que ya no sé qué parte pertenece al ser virtuoso y cuál escribí yo después.
Los domingos leía.
Decir que leía es generoso.
Abría libros. Olía libros.
Me cortaba la yema de los dedos al pasar las hojas una y otra vez.
A veces eso era suficiente.
Sentir el papel en mis dedos para mí contaba como leer, sólo que de otra forma.
El tiempo que teníamos lo usábamos para mandarnos mensajes.
Empezábamos escribiendo de filosofía, literatura y terminábamos en el universo.
O empezábamos hablando del universo y terminábamos hablando del cuerpo.
En realidad son conversaciones bastante parecidas.
La mayor parte del universo está vacía.
La mayor parte de un cuerpo también.
La mayor parte de todo es nada.
Hay cuerpos que el tiempo no consigue archivar.
No importa cuántos años transcurran.
Hay un cuerpo que regresa con la obstinación de las mareas.
Se acerca.
Retrocede.
Vuelve.
No porque pertenezca a mi vida verde.
Sino porque pertenece a una forma muy específica de mi deseo.
Que es verde.
El ser virtuoso era una ola.
O un flamingo.
Depende del día.
Nunca tenía las mismas gotas.
Nunca tenía la misma cantidad de agua.
Pero siempre era el mismo movimiento, verde.
Nietzsche imaginó que un demonio entraba una noche a la habitación y anunciaba que tendrías que vivir esta vida otra vez.
Y otra.
Y otra.
Exactamente igual.
Cada dolor.
Cada orgasmo.
Cada domingo.
Cada conversación.
Cada error.
Cada mentira.
Cada traición.
Cada pérdida.
Cada terrible incertidumbre.
Por la eternidad.
Durante años pensé que aquello era una condena.
Después conocí al ser virtuoso.
Entonces empecé a negociar con el demonio.
No quería cambiar nada.
Sólo quería que fuera más lento.
Si vamos a repetirlo eternamente, pensaba, podríamos quedarnos un poco más en los comienzos.
Cinco minutos.
Diez.
Una hora.
Volver a la primera vez que el ser virtuoso levantó la vista para mirarme y saber.
Saber que algún día intentaría reconstruir hasta la temperatura de aquella habitación.
Saber que desperdiciamos una cantidad obscena de primeros encuentros creyendo que habría segundos.
Quería decirle a la mujer que fui:
Mira, mejor.
No te distraigas.
Esto va a desaparecer.
El ser virtuoso empezó a convertirse en flamingo lentamente.
Al principio fueron las piernas.
Una tarde estaba parado junto a la ventana y pensé que eran demasiado largas.
Después fue el cuello.
Después la manera de quedarse quieto.
No se lo dije.
Hay cosas que una sabe que no se deben decir.
Un domingo mientras hablábamos de Farabeuf, hundió la cabeza entre los hombros durante unos segundos y tuve que mirar hacia otro lado.
Ya era evidente.
Cuando se fue por cuarta o quinta vez, busqué información sobre migraciones.
Los flamingos pueden recorrer cientos de kilómetros buscando mejores condiciones.
No sienten culpa.
No explican.
No prometen regresar.
Ese día comprendí que el ser virtuoso nunca me había abandonado.
Yo era una laguna.
Y las lagunas no persiguen aves.
Esperan.
En esa espera soñé con el ser virtuoso.
Estaba parado dentro del agua.
Le llegaba hasta las rodillas.
—¿Ya es temporada?— le pregunté.
No respondió.
—¿Vas a volver?
Inclinó la cabeza.
Tenía el rostro del ser virtuoso.
El cuerpo del ser virtuoso.
Pero las piernas de un flamingo.
—¿Cuánto tiempo tengo que esperar?
Entonces habló.
—Ya esperaste.
Me desperté.
Pienso en Nietzsche.
Tal vez entendimos mal el eterno retorno.
Tal vez no regresamos después de morir.
Tal vez estamos ocurriendo todas al mismo tiempo.
La niña que fui en la imprenta de mi abuelo.
La mujer en la redacción.
La mujer frente al ser virtuoso.
La mujer frente a los flamingos.
La mujer frente al cuerpo.
Y otra que todavía no conozco.
Todas esperando algo.
Todas convencidas de ser la presente.
Regreso a la laguna.
O nunca me fui.
El olor sigue ahí.
Sal.
Barro.
Agua caliente.
Descomposición.
Los flamingos empiezan a moverse.
Uno.
Después otro.
Después cientos.
Espero encontrarlo entre ellos.
Es absurdo.
Lo sé.
Hay cientos de cuerpos rosas y durante unos segundos todos podrían ser el ser virtuoso.
Lo que regresa nunca es exactamente lo que se fue.
Entonces ocurre algo que llevo años esperando.
Todo vuelve a parecerse.
La temperatura.
La luz.
El olor.
El ruido del agua.
Durante un instante el universo reproduce exactamente las condiciones.
La oficina existe otra vez.
El ser virtuoso levanta la vista.
Me cuenta de su psicoanalista.
En la redacción alguien corre.
El café todavía está caliente.
Yo todavía no sé nada.
Todavía no he perdido nada.
Quisiera quedarme.
Estirar el instante.
Meter los dedos dentro del tiempo y tirar de él hasta deformarlo.
Cinco minutos.
Sólo cinco.
Quizá nuestra tragedia consiste precisamente en no ser aves.
Inventario
Siempre me he imaginado la m de miedo como colmillos bien afilados.
Lo pienso mientras paso la lengua por los míos.
Repito tanto esa secuencia que me escaldo.
La lengua arde.
Las gotas de sangre me bailan en la boca.
Me gusta su sabor metálico.
Miedo.
Miedo al miedo.
Porque sí.
Porque todo.
Miedo a los eventos sociales.
Miedo a que me vean.
Miedo a que no.
Miedo a verme en el espejo.
A quedar ciega.
Miedo a volar.
Miedo a no salir nunca.
Miedo a que nadie me conozca si no tengo Instagram.
Miedo al fin del mundo.
A que sigamos vivos.
Miedo a abrir la ventana.
Miedo a que ya esté abierta.
Miedo a la tarde.
A la que cae.
Que se pudre.
La tarde es una cuchilla naranja.
Se me pega en la piel.
Quiere partirme en dos.
A veces parece buena.
Casi suave.
Pero se queda.
Se queda demasiado tiempo.
Se acerca sin moverse.
Trae calor.
Después sudor.
No sé si es mío.
Se me pega.
Se queda.
Me habla al oído.
Se mete en la ropa.
En la boca.
En los pensamientos.
Me abre.
No sé en qué momento empieza ella y termino yo.
Respiro.
O eso intento.
Pero algo respira por mí.
Más lento.
Más hondo.
Más cerca.
Como si me midiera.
Como si esperara.
No pasa nada.
Y sin embargo, todo sigue pasando.
Sigo aquí.
Pero no del todo.
Todo lo que quema espera su momento.
Y su momento es éste.
Y entonces —
Algo se rompe.
O se abre.
Y aparecen más miedos.
Los nuevos miedos son pequeños.
Pero vienen en grupo.
Se mueven rápido.
Se reproducen.
Los siento caminarme por dentro.
Hago un inventario:
Miedo a llegar.
Miedo a quedarme atrás.
Miedo a que no llegue Navidad.
Miedo a los once meses muertos antes.
Miedo a pedir.
Pedir vacaciones. Espacio. Tiempo.
Miedo a lo que nunca fue.
Miedo a hablar en público.
Miedo de huesos.
Miedo de sentir.
Y de no hacerlo.
Miedo como recurso.
Como herramienta.
Como respuesta.
Miedo a lo hereditario.
Al pitido en los oídos cuando sube la presión.
A los segundos antes de una conversación.
A la incertidumbre.
Miedo a morir.
En todas sus formas.
Miedo a vivir.
También en todas sus formas.
Y de pronto —
Una especie de alivio.
Tengo todo el miedo que cabe en el mundo.
Y no alcanza.
*Daniela Mendizábal. Especialista en medios digitales. Desde hace más de una década trabaja entre noticias, tecnología y nuevas formas de contar historias.