José López Portillo tenía una inteligencia notable que por momentos se nublaba ante la frustración y el enojo. Harto de críticas en los medios y en particular de la revista Proceso, lanzó aquella frase de “no pago para que me peguen”. Es decir, nada de publicidad oficial a quien no se condujera por los sabios cauces del nacionalismo revolucionario.
Proceso, valga decirlo, sobrevivió, y el sexenio de López Portillo de todas formas terminó en el desastre. Ya no administramos la abundancia y la población se enfocó a sobrellevar la crisis.
Vendrían los escándalos de rigor: las detenciones de Jorge Díaz Serrano, que había dirigido Pemex y del jefe de la policía del Distrito Federal, Arturo Durazo Moreno.
Un péndulo extraño, del refinamiento del senador Díaz Serrano a la pulsación silvestre del general policiaco. Aunque todo tenía sentido, si se observaba en toda la gama de perfiles que podían caber entre esos extremos.
A toro pasado, López Portillo erró con la prensa crítica, porque enojarse nunca es el remedio y, además, porque la relación entre el poder y los medios de comunicación ni empieza ni termina con el dinero.
Utilizar el presupuesto como resorte ideológico tampoco suele funcionar como se espera, porque la pluralidad de los medios ayuda al propio sistema, dando aliento a la crítica y forjando un suelo común que funciona para la gobernabilidad.
La relación de la prensa con el poder nunca ha sido sencilla, porque se sostiene entre la lucha de lo que se pretende ocultar y lo que hay necesidad de revelar.
Pero al mismo tiempo hay factores de comunicación bastante útiles cuando se entiende la naturaleza y los alcances de unos y de otros.
La salida fácil de “me critican porque no les doy publicidad”, está muy lejos de explicar las percepciones que se generan partiendo del ejercicio real y no teórico del poder.
Como en otros aspectos de la realidad nacional, con el tiempo se echará en falta una relación provechosa y profesional con los periodistas, porque a pesar del ecosistema líquido en el que se desarrolla la conversación pública, no es lo mismo el análisis de quienes están preparados para descifrar el acontecer, que el de arribistas y payasos.
Quizá eso lo entendió, a su modo, el propio López Portillo, ya lejos de los oropeles del mando, y en la inmensa soledad que puede provenir de saber que lo mejor ya quedó atrás.
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