Hay indicadores económicos que pasan prácticamente desapercibidos, pero que dicen mucho más sobre el futuro del país que cualquier discurso oficial. Uno de ellos es el número de registros patronales ante el IMSS. Al cierre de junio de 2026, el instituto registró poco más de un millón de patrones, casi 26 mil menos que un año antes, 8 meses de caída consecutiva. Sin duda una señal muy preocupante del deterioro de la economía formal.
El IMSS ha señalado que la disminución de registros patronales no debe interpretarse automáticamente como el cierre de empresas. Tiene razón en un sentido técnico: un registro patronal es una unidad administrativa y una misma empresa puede tener varios registros o reorganizarlos por razones operativas. Sin embargo, esa explicación resulta insuficiente. El instituto no ha demostrado que las bajas obedezcan mayoritariamente a simples reorganizaciones y no a cierres de negocios o a empresas que abandonan la formalidad. Mientras esa información no exista, la conclusión más razonable es que el tejido empresarial formal se está debilitando.
Y quienes más resienten este deterioro son las micro, pequeñas y medianas empresas (mipymes). De acuerdo con el INEGI, las Mipymes representan más de 95% de las unidades económicas del país y generan alrededor de 40% del empleo. Son talleres, comercios, restaurantes, despachos, pequeñas fábricas y empresas familiares. En pocas palabras, constituyen la auténtica clase media empresarial mexicana.
¿Por qué desaparecen? Las causas son múltiples: adeudos fiscales imposibles de regularizar, una carga regulatoria y administrativa cada vez mayor, costos laborales crecientes, una fiscalización más agresiva y, en buena parte del territorio nacional, el cobro del derecho de piso por parte de la delincuencia organizada. Para una gran empresa estos obstáculos representan mayores costos; para un pequeño negocio pueden significar simplemente el cierre.
Muchas mipymes están cerrando y otras están migrando a la informalidad. Y la informalidad significa muy baja productividad, evasión fiscal, operaciones en efectivo, trabajadores sin seguridad social, menores ingresos y ausencia total de prestaciones. Es una economía de subsistencia que difícilmente genera inversión, innovación o crecimiento sostenido. No estamos creando mejores empleos, los estamos pauperizando.
México está sustituyendo empresas establecidas, que pagan impuestos, invierten, capacitan trabajadores y generan empleos con prestaciones, por establecimientos callejeros y negocios irregulares que sobreviven al margen de la ley. Es un enorme retroceso económico y social.
Y existe un daño todavía más profundo. El sector empresarial que hoy se está debilitando representa una forma de ciudadanía que resulta incómoda para la cuarta transformación. Son personas que emprenden, que arriesgan su patrimonio, que viven de su trabajo, que exigen un Estado de derecho, creen en la libertad económica y asumen la responsabilidad de su propio futuro.
En su lugar emerge una sociedad más dependiente, más informal y más vulnerable a la manipulación política: ciudadanos que dependen de transferencias gubernamentales porque dejaron de tener oportunidades para prosperar por sí mismos.
Quizá esta sea una de las transformaciones más profundas que está viviendo México. Estamos sustituyendo una sociedad de emprendedores libres por una de clientelas políticas.
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