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El festín de los mangos

Me encuentro ante un reto formidable en este momento. Estoy de vacaciones y tengo que pensar en escribir una columna interesante. Lo primero tiene sus dificultades; lo segundo, siempre se intenta con variopinto resultado. Pero hacerlo cuando la distracción y la dispersión se han apoderado de mí, resulta complicado.

Estoy sentado en una esquina de un jardín de una casita que bien podría calificar como de campo. Por razones de seguridad -en México la seguridad siempre es una razón- no diré en qué lugar del planeta se encuentra. El jardín tiene la particularidad de estar lleno de árboles. Digamos que es un bosque en miniatura habitado por mangos y tabachines. Los primeros estaban aquí desde hace décadas. Los segundos los sembré con mis hijos (ya podrán cantar una famosa canción de Alberto Cortés).

Termina en estos días la temporada de mangos. Por supuesto se trata de mangos muy silvestres a los que no se les hace nada de nada. Ni se abonan, ni se podan, ni se fumigan, ni se venden. Crecen a la buena de Dios, grandes, dulces y jugosos. Cada año es un festín de envidia. Y digo de envidia porque yo me tengo que moderar mucho. Los años pasan sus infaltables facturas. Si me los como, engordo.

Mientras pienso en qué columna podría escribir esta semana, me quedo mirando los frutos tendidos en el pasto. Los últimos de la temporada. Algunos han sido ocupados temporalmente por los gusanos, y digo de manera temporal porque pájaros de diversos tipos se dan un banquete de lo que seguramente consideran unas deliciosas larvas. Miro un poco más allá y observo otros mangos repletos de abejas. Han decidido que serán la materia prima de su miel, misma que no voy a poder probar porque sólo sabe Dios dónde tienen su panal. Me consuelo al pensar que tampoco sabría como robarla. Eso de que las abejas son muy laboriosas lo constato. Un interesante espectáculo. Atacan un solo fruto hasta dejar el hueso pelón. Terminada la tarea, brincan al siguiente y así todo el día.

Miro al cielo el busca de inspiración; pero caigo en la cuenta de que varias iguanas han colonizado el techo de la casa desde hace lustros. En esta época están gordas como dinosaurios por su insaciable capacidad de tragar mangos. Se me ocurre que serían el orgullo del finado Sam Neil. Al mismo tiempo, miro los pocos frutos que quedan en la copa de los árboles. Alguno de ellos mordidos por la visita nocturna de los murciélagos; pero sobre todo de los tlacuaches, esos exóticos, maravillosos y sorprendentes animalitos. Aquí se les cuida, protege y, cuando hay mangos, se les alimenta.

Detengo mi divagación. Un cuervo negro y hermoso aterriza en el jardín. Se dirige sigiloso a uno de los mangos rebosante de abejas. No me queda claro si quiere darse un festín de insectos, de mangos o de ambos. El desenlace tendrá que esperar, lo mismo que mi columna.

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