Cuando Benedicto XVI visitó México pronunció con una frase que desde entonces resuena en mi alma: el mal no puede tanto. Dicho así, suena a despropósito en los recios tiempos que vivimos. Sin embargo, tiene razón. El bien siempre es posible, pero para comprenderlo es necesario cambiar nuestra mirada hacia las personas y alejarnos de la ética que reduce el bien a códigos que, tarde o temprano, se vuelven contra las personas.
El bien posible empieza cuando entendemos que cada ser humano es portador de una dignidad inalienable, sin condiciones. Cada uno, con sus fragilidades y esperanzas, vive en el mundo real, en contextos muy concretos. Cuando aprendemos a mirar así, sucede un milagro. El otro deja de ser una amenaza para convertirse en prójimo, en oportunidad, en un bien que permite afirmar nuestra común humanidad. Por su capacidad de mirar a cada quien por lo que realmente es, entonces se aleja de buenismos, ingenuidades e ilusiones.
El bien posible afirma nuestro ser y alimenta la expresión más profunda de nuestra libertad, el libre albedrío. Nuestra capacidad de analizar, establecer analogías, mirar a lo profundo del corazón humano, leer la realidad guiados por nuestra intuición, por nuestra razón y entonces elegir el bien que realmente puedo hacer al prójimo, por pequeño que parezca. No es la utilidad la que manda, sino la dignidad de la persona. Por eso todos -creyentes, ateos, agnósticos- somos capaces de practicar el bien.
La ética del bien posible, entonces, surge de nuestra capacidad de mirar y discernir, lo que no depende de grandes elaboraciones doctrinales ni de convicciones ideológicas. Es la ética de la calle, de la vida cotidiana que nace de la decisión de no perdernos en resentimientos, malos humores, ni en el pantano de las frustraciones. Es la ética de los sencillos de corazón.
Todos somos capaces del bien, empezando por la práctica de la amabilidad. Como dijo León XIV, “quien sufre sabe cuán importante es un pequeño gesto de afecto y cuánto alivio puede causar”. Una sonrisa bien puesta, una mirada compasiva, no responder a una ofensa callejera, escuchar con empatía, reír a carcajadas con todos y contra nadie, cantar a voz en cuello; no colaborar con el mal, salir al paso de chismes, valorar a las personas en su mérito; el heroísmo de los padres y madres que buscan a sus hijos; la autoridad que cumple con su responsabilidad de brindar seguridad y justicia; el ciudadano que ejerce el voto sin renunciar a su libertad. Desde los pequeños gestos, hasta las grandes acciones están hechas del mismo material: el bien posible.
La práctica del bien posible tiene un problema. Depende de una decisión personalísima tomada en libertad, lo que nos hace responsables de nuestros actos. Y eso puede causar terror en algunas personas. El problema es que, cuando renunciamos a su práctica, construimos laberintos de maldades. Es momento de hacer silencio, cambiar la mirada y reflexionar. Es el tiempo de la esperanza.
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