Soy un simple ciudadano, un aficionado promedio al futbol. Cedo a la tentación de compartir mis impresiones sobre el Mundial en lo deportivo, social y político, ahora que nuestra selección quedó fuera de la competencia.
El primer Mundial que recuerdo fue el de México 70. También fue mi primera gran decepción. Desde entonces, hasta esta semana, acumulé más de 50 años de frustraciones. En esta ocasión hubo algo distinto, algo parecido a la satisfacción. No fueron las victorias ni las derrotas, sino los jugadores. No había estrellas marineras con complejo de diva. Creo que eso influyó mucho para tener la mejor selección que yo recuerde. Colocó al futbol mexicano en el lugar que le corresponde: el mejor de los medianos, pero aún lejos de ser el peor de los mejores. ¿Qué se requiere para dar ese paso? Que los dueños del futbol cambien su jugoso modelo de negocio; pero eso no tiene remedio. Son irremediablemente mediocres.
Hemos sido testigos de las muy divertidas y diversas manifestaciones de la imaginación humana, siempre ligadas a la cultura que les da forma. Desde la pulcritud japonesa, hasta la porra noruega que ha sabido combinar folklore, diversión, respeto y disciplina como ninguna otra. Eliminados México y Japón, los declaro mis favoritos.
Me llama profundamente la atención lo que ha sucedido con nosotros, los mexicanos. Convertimos el certamen en un caleidoscopio de nuestras esperanzas y frustraciones, empujados por la entrega de los muchachos futbolistas. Millones seguimos a nuestros jugadores, prendados de su entrega como nunca lo habíamos visto. Cinco juegos inolvidables. Millones celebrando en las calles con nuestra particular mezcla de cultura, folklore y desorden entre pícaro e inocente. Una vez más, los ciudadanos nos volvimos a encontrar en las calles.
Me llama la atención el hambre de alegría dispuesta a la catarsis, manifiesta en todas las plazas de la república. Somos un pueblo que se aferra a la más mínima esperanza, porque estamos muy cansados de tener miedo, de vivir en la zozobra. Por eso también se mostró el enojo, la frustración y el resentimiento; sin embargo, quedó muy claro que los mexicanos preferimos la esperanzada alegría, por pequeña que sea.
Por su parte, la clase política dio un patético espectáculo. Las autoridades que (des)gobiernan la Ciudad de México se vieron rebasadas porque, según confesión explícita, jamás pensaron que la gente iría a festejar al Ángel (como si nunca hubiera sucedido desde 1968). Junto a la incompetencia, la bajeza de reprimir a las madres buscadoras y una presidenta escondida en su Palacio, mientras fingía celebrar con su inmutable marido.
En estos días hemos vivido la síntesis de lo que parece ser México. Una juventud con ganas de salir adelante, saboteada por modelos de negocio mediocres; un pueblo hambriento de alegría y esperanza, que por unos días volvió a tomar las calles, y una clase política cruel, incompetente y temerosa que no tiene la más pálida idea de la grandeza de la cultura y de la gente que habita en estas tierras.
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