León XIV se presentó ante el Parlamento español (8/VI/26) para dar una alocución memorable que me recordó el discurso de Benedicto XVI ante el Parlamento alemán (22/IX/2011), así como la tradición del pensamiento católico en torno al derecho y la justicia. Se dirigió a los españoles, pero interpela mexicanos.
León XIV ha recordado lo mejor de la tradición humanista hispana, con referencias a Cervantes, Santa Teresa de Ávila, Unamuno y, por supuesto, la escuela de la Universidad de Salamanca. Tradición, agrego, que también forma parte del pensamiento hispanoamericano con exponentes de no menor talla como Sahagún, Sigüenza, Sor Juana, Gaspar de Villarroel, entre muchos otros. El común denominador es considerar al ser humano como persona abierta “a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad”, con una dignidad ajena a criterios de utilidad o eficiencia, a cuyo servicio debe someterse la acción legislativa, marcando así los límites morales del ejercicio del poder.
Lo que otorga legitimidad a una ley no es solamente que haya sido promulgada formalmente por el Estado, sino el concepto de ser humano que la inspira y el tipo de sociedad que pretende construir. Por ende, sólo puede ser considerada legítima una ley justa y lo será si entiende que todo ser humano es persona digna con derechos y responsabilidades y si es capaz de servir al bien común.
En consecuencia, una sociedad sólo puede considerarse justa, y aquí refiere a Benedicto XVI, “si edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana” sin sujetarla a consensos sociales ni al “vaivén de las mayorías del momento”. Cuando Benedicto pronunció esas palabras en 2011 estábamos en plena borrachera de la dictadura del relativismo, por lo que fueron tomadas con distancia y sorna. Hoy que vivimos sus consecuencias, suenan como terrible advertencia ante el ascenso de regímenes populistas, autoritarios -derecha o izquierda, da lo mismo-, de la guerra y la sinrazón.
Sólo cuando el derecho se construye desde la dignidad humana puede servir a la justicia. Cuando falla, crea monstruos. Inquiere el papa: “¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra a un niño aún no nacido, al anciano, al enfermo o a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?”
Me pregunto. Qué clase de régimen tenemos en México, cuando la camarilla que nos gobierna deja en el abandono a millones de enfermos por un sistema de salud quebrantado e ineficiente; despoja de sus pensiones ganadas con trabajo a miles de personas de la tercera edad; cuando tiene alianzas con el crimen organizado en renuncia a su primera obligación que es proteger a la población, de manera especial a los más vulnerables.
Como buen agustino, el papa comprende que un Estado sin justicia no es más que una panda de delincuentes. Por eso, el derecho no solamente debe ordenar la sociedad y el ejercicio del poder, también debe hacerlo con justicia. Lo primero es algo que los criminales hacen con sobrada eficiencia, acorde a su interés; lo segundo es imposible porque sus fines son perversos. Y en México no hay justicia.
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