Guadalajara, Jal.- Además de las noches del 15 de septiembre, uno de los grandes momentos para la clase política son los informes de actividades. Les encantan. Los gozan tanto que hasta los legisladores despilfarran el dinero público en bardas y anuncios espectaculares para que alguien se entere de que existen, de que hicieron algo y, además, de que alguien va a aplaudirles por ello.
Por eso, si eres gobernador y te ves obligado a dar marcha atrás a uno de tus informes de actividades porque tienes una crisis encima, seguramente sí sientes un huequito en el estómago. Porque para redactar la lista de logros que vas a entregarle al Poder Legislativo —que es tu verdadera obligación constitucional— ya tienes gente. Pero dejar de repartir las invitaciones de tu gran concierto a tus amigos empresarios, a los poderosos y a los famosos, eso ya cala.
Y, en honor a la verdad, esa clase de eventos dispendiosos tiene dos características: a nadie le importan salvo al cumpleañero y son completamente innecesarios.
Por eso, la decisión de Pablo Lemus de ponerle pausa a su festival del ego es relevante. No solo porque dimensiona el problema que arrastra, sino porque deja entrever que es mucho más grave de lo que puede reconocer públicamente. Guadalajara, la segunda ciudad más importante de México —eso dicen— está paradójicamente ahogada en crisis.
Desde que inició su sexenio, el gobernador de Jalisco ha sido pésimamente asesorado. En su afán por desmarcarlo de la rúbrica iracunda de su predecesor, Enrique Alfaro, el 'consejo de sabios' decidió convertir sus apariciones públicas en actos frívolos donde baila, canta y hasta se ejercita en obras recién inauguradas. Y el Mundial de Futbol fue el escenario perfecto para reafirmar esa estrategia: proyectar una ciudad festiva, un gobierno cercano y un gobernador que parece estar siempre de buen humor.
Pero la fiesta no puede durar para siempre. Las lluvias y el agua turbia quedaron en segundo plano mientras la atención se concentraba en el evento deportivo. Llegó el momento de volver a la realidad, se apagaron los reflectores y los problemas siguieron ahí. El agua que sale de las llaves no se volvió potable por decreto; los reclamos ciudadanos no desaparecieron con una fotografía y las explicaciones oficiales no alcanzaron para contener el malestar.
Ahí está la principal contradicción del gobierno de Lemus: ha invertido demasiado esfuerzo en construir una imagen y muy poco en demostrar que esa imagen corresponde con los resultados. Porque, en efecto, lo más sencillo es inaugurar una obra con tenis y una sonrisa de oreja a oreja; lo difícil es que esa obra funcione en una ciudad con serios problemas de agua, servicios públicos, movilidad, seguridad y una larga lista de pendientes que no resuelve ni el mejor video de TikTok.
Y no es que un gobernador no pueda bailar, cantar o celebrar. El problema aparece cuando la narrativa del espectáculo se impone sobre la crisis que, sí o sí, debe resolver. Cuando la comunicación del gobierno parece más ocupada en producir momentos para las redes sociales que en explicar por qué los problemas siguen sin solución.
Por eso, la suspensión del informe y de su celebración no debe leerse como un gesto de prudencia comunicativa ni como una pausa estratégica para esperar a que pase la tormenta. Es una oportunidad para que Pablo Lemus marque distancia del grupo de asesores que heredó y entienda que un gobierno no puede vivir permanentemente en campaña, mucho menos cuando los habitantes, que llevan semanas padeciendo la falta de agua, han hecho de todo para dejarle claro que su molestia no es menor que la que expresaron durante el gobierno de Alfaro.
A las cosas por su nombre: el informe que importa no es el que se presenta ante una fila de invitados distinguidos, ni el que termina con aplausos, música y fotografías para las redes sociales. Es el que se rinde cara a cara con la gente; el que se presenta en una colonia popular y permite demostrar que puedes resolver aquello que prometiste atender cuando fuiste por primera vez a pedir votos.
Adiós al informe como espectáculo; bienvenida la verdadera rendición de cuentas. Esa obligación no se cancela por una crisis: se vuelve más urgente. Los informes fastuosos son los que no deben ser. Y si esta decisión sirve para algo, que sea para dejar de gastar en banalidades y comenzar a gastar suela.
Al final, el informe que importa no es el que se presume ante una lista de invitados selectos que garantizan el aplauso, sino el que los ciudadanos pueden comprobar sin necesidad de que nadie se los cuente.
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