Guadalajara, Jal.- Esta no es una columna de opinión escrita por la inteligencia artificial.
Cuando se habla de la Ruta del Peregrino en Jalisco, la conversación inevitablemente termina en Talpa. En el camino están la fe, las mandas, el cansancio, las ampollas y esa capacidad tan mexa de caminar kilómetros para pedir un milagro que, con un poco de suerte, llegará a cambiarnos la vida.
Pero hay otra ruta que atraviesa el norte de Zapopan y que, si bien no aparece en folletos turísticos ni tiene esculturas monumentales para la selfie, también lleva años perfectamente trazada. Es la ruta del lixiviado, y sale de los vertederos Picachos y Hasar’s, baja por arroyos, se mueve con las lluvias, llega al río Milpillas y termina conectándose con una historia mucho más añeja de contaminación y omisiones en la cuenca del río Santiago.
El tema es que a Talpa llegan peregrinos llenos de fe y a Huaxtla los jugos de la basura.
Además, esta última ruta tampoco es nueva. Lo sorprendente de lo que ocurre en las cascadas de Huaxtla no es que se trate de un problema ambiental repentino, sino que después de tantos años sigamos teniendo que descubrirlo como si acabara de inventarse la basura.
De acuerdo con registros periodísticos, desde 2009 existen denuncias de habitantes de las comunidades de la zona por los escurrimientos de lixiviados de los vertederos de Picachos y Hasar’s. Ese mismo año hubo un acuerdo entre autoridades y habitantes para realizar obras de compensación y remediación… pero sí: esto es Jalisco, así que lo que pasó fue absolutamente nada.
En 2012, el periódico La Jornada documentó denuncias sobre descargas hacia los ríos Milpillas y Santiago y citó análisis en los que se reportaban concentraciones de distintos metales y sustancias contaminantes. En 2014, investigadores de la Universidad de Guadalajara y del CIESAS Occidente señalaron la presencia de contaminantes asociados a los lixiviados en el río Milpillas. Y en 2016, el diario NTR documentó que dos cárcamos de lixiviados de Picachos se encontraban al tope de su capacidad y a metros de un arroyo pluvial que, según el reporte, no contaba con protección ante descargas.
Es decir, que si uno quisiera hacer la ruta completa de este problema tendría que llevar una mochila lo suficientemente grande, porque aquí caben casi dos décadas de denuncias, inspecciones, convenios, estudios, clausuras, promesas de remediación y explicaciones oficiales. Lo que no hay, hasta ahora, es una solución definitiva.
Por eso es difícil no mirar con cierta ironía la noticia de estos días. El gobernador en turno, Pablo Lemus, dijo este lunes que le pidió al procurador estatal de Medio Ambiente acudir a revisar lo que estaba ocurriendo y que el reporte que recibió estableció que hubo un “pequeño derrame”, pero que el área ya fue clausurada y que actualmente ya todo es bello y hermoso. En contraste, habitantes de la zona sostienen lo contrario y aseguran que los lixiviados continúan llegando al río Milpillas y a la cascada de Huaxtla.
Esa es la vieja costumbre de la administración pública: siempre habrá un pequeño derrame, un detalle mínimo que se resuelve usando curitas, pese a que las imágenes muestran un cuerpo de agua afectado y a que el problema viene de mucho antes. La imagen es tan nítida como ofensiva: en Zapopan sí existe la ruta del lixiviado.
En 2010, el diario El Informador ya hablaba de los escurrimientos de los dos vertederos y de una mesa técnica instalada después de las protestas de habitantes de Milpillas, La Soledad, Huaxtla, San Lorenzo e Ixcatán. La historia de Hasar’s tampoco es precisamente nueva: en 2011, el mismo diario documentó que el relleno sanitario contaba con un amparo que impedía al Ayuntamiento de Zapopan actuar directamente como autoridad ante el daño ambiental denunciado en el arroyo Milpillas.
Década y media después, la escena es la misma. Salen las denuncias, aparecen las autoridades, éstas anuncian una revisión, informan que el problema fue atendido y los habitantes dicen que eso no es verdad. El bucle infinito de la burocracia es así: cambian los nombres, los gobiernos y los funcionarios, pero el recorrido de los jugos de basura conserva su estabilidad institucional.
Luego está lo que ocurre en el subsuelo, pues el tema con los lixiviados es que éstos pueden infiltrarse en el suelo y alcanzar cuerpos de agua subterráneos. Es decir, el problema no necesariamente termina donde deja de verse el escurrimiento.
En 2014, investigadores de la UdeG y el CIESAS señalaron la presencia de cadmio, cianuro, arsénico, plomo y cromo en lixiviados relacionados con Picachos y Hasar’s y alertaron sobre su llegada a cuerpos de agua de la zona.
Ese antecedente basta para hacer que el “pequeño derrame” se mencione con bastante cuidado, porque una cosa es decir que el volumen fue reducido y otra muy distinta asumir que sus consecuencias necesariamente lo serán. No bastan declaraciones, sino muestras, análisis, dictámenes y resultados públicos que permitan saber qué llegó al agua y al suelo, en qué cantidad y su impacto.
Ahí está el valemadrismo institucional que nos han legado las administraciones de todos los colores, porque Zapopan y Jalisco han tenido las siglas del PAN, del PRI y de MC en lo que va del siglo y la crisis en el manejo de basura (y sus jugos) no hace sino empeorar.
Qué importan las normas, las competencias municipales, estatales y federales, los permisos, los estudios de impacto, las responsabilidades de los operadores y la burocracia dorada. Cuando el agua contaminada sale de un vertedero y termina en un arroyo, el problema es grave y obliga a todos a dejar de lado las justificaciones para imponer responsabilidades, encontrar soluciones y garantizar que éstas sean permanentes.
Porque tampoco es que Guadalajara, la ciudad de los socavones y el agua con kk, pueda darse el lujo de sumar un problema ambiental más. La contaminación en Huaxtla no puede ser una pieza más del rompecabezas de fallas, omisiones y desdén que han caracterizado a la función pública durante el último cuarto de siglo. Como ciudadanos de la segunda ciudad más importante en México, y como seres humanos, no merecemos una ruta del lixiviado.
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