He seguido las reacciones en torno a la muerte de Cuauhtémoc Cárdenas. Por lo que toca al hombre, lo escrito por Alicia Alarcón me parece lo más atinado. Por lo demás, encuentro que domina la desmesura y el ánimo de convertirlo en un mito para luego apropiarse del mismo, de manera especial entre quienes se identifican con las izquierdas. El mito dice que el ingeniero es el padre de la democracia mexicana. Mientras los 4teros se declaran sus herederos; otros los acusan de haber traicionado sus ideales. Con matices narrativos, las distintas versiones terminan en lo mismo: el mito y su apropiación.
En el fondo, lo que unos y otros están diciendo es que la transición a la democracia fue obra de la izquierda. Una versión oficiosa -ahora oficial- que termina por arrebatarle a sus protagonistas no sólo el mérito, sino la posibilidad de volver a escribir una historia semejante. Me refiero a las varias generaciones de ciudadanos que tanto batallaron por un México donde todos pudiéramos vivir en libertad. Pertenezco a una de esas generaciones, personas del común que desde distintas trincheras buscaron construir una democracia. Hubo muy diversos liderazgos, algunos políticos y otros ciudadanos, uno de los cuales fue Cárdenas y poco más. Ni esta historia empezó con él, ni culminó con su muerte. La historia sigue y si hoy la autocracia gobernante nos quiere arrebatar nuestros logros, los ciudadanos podemos volver a escribir un nuevo capítulo. Por eso es tan necesario recuperara la memoria.
Hay preguntas más importantes que van más allá del mito del momento. Es verdad que México vivió una transición democrática y que ésta no empezó en 1988. Desde mucho antes se fueron sumando acontecimientos hasta generar una masa crítica que estalló en 1986 en las elecciones por la gubernatura de Chihuahua. El rompimiento al interior del PRI y el ascenso de Cárdenas y Muñoz Ledo fue importante; pero sin esa masa crítica poco hubieran logrado. No provocaron el entusiasmo de la gente, lo capitalizaron logrando que otras fuerzas políticas, bastante variopintas, se sumaran al esfuerzo. Después, el torpe manejo electoral del secretario de Gobernación, Manuel Bartlett, más el compromiso democrático de todos, hizo el resto.
El sexenio de Salinas de Gortari, que navegó viento en popa, terminó en medio de la borrasca con el levantamiento zapatista y desventuras personales que se desdoblaron en una profunda crisis política. Entonces, llegó a la presidencia un joven político priísta, sin ataduras, que vivió en carne propia la tragedia de Colosio. Ernesto Zedillo supo leer lo que padecía México. No sólo rescató a los mexicanos de la crisis económica, sino que posibilitó la transición democrática en diálogo con las principales fuerzas y con ciudadanos que entendían también la situación. Así nació en IFE, símbolo de la democracia ciudadana e independiente.
Pues bien, como simple ciudadano del montón, me pregunto: ¿cómo fue posible que esa transición democrática terminara en la autocracia morenista? ¿Cómo es que no pocos de los políticos que en los 90 fueron parte de la transición, hoy sean entusiasta morenistas o hayan apoyado su ascenso, entre ellos el mismo Cárdenas? Trataremos de responder a estas preguntas en próximas entregas.
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