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La cultura del descarte, la violencia, los judíos y los cristianos

El Papa Francisco insistía constantemente en la necesidad de salir al paso de la cultural del descarte que divide a la humanidad en tipos con la finalidad de desechar a los que no estén en línea con cierta narrativa políticamente correcta. Con palabras más duras, Juan Pablo II le llamó la cultura de la muerte, en términos filosóficos Benedicto XVI le caracterizó como la dictadura del relativismo, realidad lacerante ante la cual León XIV ha planteado una estrategia de evangelización cuyo núcleo es la promoción de una paz desarmada y desarmante. Hoy que la humanidad se encuentra en una espiral de violencia cuyas consecuencias son difíciles de prever, el magisterio pontificio es más urgente que nunca.

Los desmanes que observamos en Jalisco, donde grupos de choque muy bien entrenados, al parecer vinculados a Morena, incendian edificios de gobierno, las revueltas en Francia, Italia y España, la violencia desatada en redes sociales, por decir sólo algunas de sus manifestaciones más evidentes, tienen cinco elementos en común. Uno, se ha desdibujado cualquier geometría política pues lo mismo se dicen de extrema derecha que de extrema izquierda, por lo que resultan ser lo mismo fanáticos políticos que fundamentalistas islámicos; dos, la motivación de tanta violencia es el resentimiento y la frustración alimentados por la política de identidades, es decir, por el desarrollo de la cultura del descarte y la muerte; tercero, generan profundo desconcierto y miedo en la población civil a través de técnicas de terror social, porque es la ciudadanía su objetivo en primer lugar, no la clase política; cuarto, un aparato de propaganda a su disposición para hacer valer la “justa indignación” usando algunas demandas ciertas como catalizadores; quinto, utilizar a los judíos como objeto de sus resentimientos y rencores, es decir, como chivos expiatorios. Obvio es decir que cada una de estas manifestaciones tiene sus variantes, pero es de llamar la atención el uso de estos cinco elementos como parte de una estrategia política muy bien montada.

En este ambiente de confusión se multiplican los intentos de explicación que apenas y logran ocultar agendas políticas. De lo que se trata de echarle la culpa a alguien en lugar de procurar análisis un poco más acuciosos. Lo único cierto es que, así en las revueltas, como en los dichos de no pocos analistas, lo que difícilmente encontraremos son consideraciones sobre el inmenso valor del humano, de las personas de carne y hueso.

 Esta deshumanización galopante, este enrarecimiento del aire en donde los judíos son el canario en la mina, esta asfixia que mata nuestro sentido de la dignidad de las personas hace muy urgente que los cristianos ocupemos el espacio de la razón para proponer un humanismo concreto, real, centrado en la dignidad de la persona, tendiendo puentes y abriendo caminos. La riqueza del magisterio pontificio inspirado en el Evangelio indica el camino a seguir. Necesitamos esa armonía entre la razón y la fe que nos permita mirar al ser humano como el mismo Cristo nos miró.

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