Es noticia bien conocida que, durante el Año Nuevo de los judíos, hubo una manifestación vergonzosa afuera de su principal sinagoga para negar su mexicanidad y pedir su expulsión del país.
Seguí la noticia en la prensa y las reacciones en las redes. Sentí la necesidad de participar discretamente y subí un mensaje en X que a la letra dice: “Ser católico y odiar a los judíos es una contradicción en sus propios términos. Cristo era judío como lo era María y todos los apóstoles. Bien dijo san Juan Pablo II que los judíos son nuestros hermanos mayores en la fe”. Jamás imaginé la reacción a mi comentario. Al momento de escribir estas líneas ya tenía cerca de 150 mil vistas, con 1,352 reacciones favorables y una colección de comentarios si bien agresivos, claramente minoritarios.
Creo que más que mi mensaje, lo que molestó fue la generosa y muy positiva reacción a mi comentario. Entonces, se soltaron las hordas antijudías y anticatólicas de todos colores y sabores. Por lo dicho y la manipulación de textos me parece que provienen de cuatro grupos: cismáticos de la Iglesia católica, al estilo de la Sociedad de San Pío X; protestantes ultraconservadores que traducen y manipulan la biblia a su capricho; militantes de ultraderecha nostálgicos del nazismo, y militantes de la muy rancia izquierda antisemita de corte soviético. Todos, enemigos jurados entre sí danzando juntos al ritmo del son antijudío.
Por un lado, me divertí mucho leyendo lo absurdo de sus argumentos, la falta de imaginación y los delirios hiperbólicos; por otro, es preocupante la exhibición del daño que el adoctrinamiento puede causar en los seres humano, al grado de repetir consignas que no entienden para odiar a personas que no conocen.
¿Cómo hemos llegado a este absurdo de maldad? La repuesta más evidente es considerar las diversas tradiciones de pensamiento que se han ocupado de condenar y perseguir judíos a lo largo de la historia, la cual desembocó en los campos de concentración nazis y la posterior persecución soviética. Con ser verdad, en estos momentos resulta limitado. Llevamos tres generaciones reflexionando sobre el holocausto y reivindicando la dignidad y herencia cultural de los judíos. Como católico, me siento orgulloso de ver cómo la Iglesia se ha convertido en la principal defensora y promotora del pueblo de David.
Este antisemitismo, a pesar de sus raíces históricas, me parece que es de nuevo cuño. Su lógica interna y su hiperbólica histeria se hermanan con un fenómeno común en nuestros días. Me refiero al veneno de la política de las identidades, es decir, la condena irracional de aquellos que son considerados diferentes por un grupo social o político determinado, a los cuales se les regatea e incluso se les niega su plena dignidad humana. Una estrategia política que se ha convertido en el cáncer de nuestra cultura. El “chairismo antijudío” que hemos presenciado es muestra de un problema más profundo.
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