La identidad es la forma de nuestro ser. Vivir sin identidad nos convierte en moluscos existenciales. En la tradición judeocristiana el nombre constituye a la persona, es la fuerza de su identidad, lo que le hace único e irrepetible. Por eso se dice que Dios nos llama por nuestro nombre; el diablo por nuestro pecado. El nombre dignifica a la persona; el pecado la disuelve.
La identidad tiene su propia gramática. En el reconocimiento de la humanidad propia y la del prójimo, surge una dinámica de relaciones constructivas a través de las cuales se va definiendo nuestra persona de manera vital y con esto una identidad que se hace mientras se transforma en la riqueza del encuentro. Somos personas, únicas e irrepetibles en relación creadora con nosotros mismos, con la sociedad, la historia y con Dios. Nuestra identidad así entendida es un río que fluye desde lo profundo de nuestro ser hacia los demás, es la fuerza que nos humaniza.
Lo contrario, lo radicalmente contrario es la política de las identidades, es decir, cuando la identidad se transforma en un instrumento de dominación política. Entonces, deja de ser la oportunidad de amar y crecer, para transformarse en una cárcel donde estaremos limitados y sometidos. Seremos quien digan que debemos ser, definidos por un acto de dominación, real o pretendida. No seré Jorge, sino un hombre blanco y católico y por ende debo ser fanático, conservador y enemigo de la razón.
El gran engaño de la política de las identidades siempre ha existido; pero hoy ha tomado un cariz más sutil y “científico”. Desde los años 90 del siglo pasado, se impuso el paradigma sociológico e histórico de dividir a la humanidad por raza, clase y género. Luego, esas categorías se fueron desdoblando en análisis más “delicados” y, por supuesto, más “científicos” bajo categorías “culturalmente asignadas” o “biológicamente determinadas”. Un auténtico científico progresista debía analizar todo desde esa perspectiva. Así, la identidad personal se fue diluyendo para dar paso a la política de identidades como un acto de poder “científico” y de dominación política. Poco a poco nos fueron catalogando en estancos culturales inamovibles a los cuales se les asignaron prácticas políticas determinadas: ahora somos, según nuestra raza, clase y género, conservadores o liberales; reaccionarios o progresistas; patriarcalistas o feministas, etc. La sociedad ha sido cuadriculada y cada cuadro se ha convertido en enemigo del otro. Si se te asigna la “raza judía”, entonces debes ser “genocida” y por lo tanto destruido.
Los regímenes autocráticos, sin importar la vestimenta ideológica, han convertido la política de las identidades en una de sus armas favoritas de dominación. Basta con observar la narrativa de la nomenclatura de Morena enunciada cada mañana y replicada “ad nauseam” por su aparato de propaganda. A los que no son como ellos se les asigna una identidad política que los deshumaniza hasta convertirlos en enemigos a ser marginados y destruidos. No somos llamados por nuestro nombre, sino por un pecado asignado desde el poder. Un auténtico crimen contra la persona.
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