Este 3 de noviembre, Estados Unidos vota para renovar la Cámara de Representantes y parte del Senado. Aunque Donald Trump no aparece en las boletas, su gobierno está sometido a evaluación. Para México, la pregunta decisiva es qué cambiará en la relación bilateral y cuánto estamos haciendo para defender nuestros intereses ante cualquiera de los resultados.
Al corte de esta tarde, continúa la votación: todavía no hay resultados concluyentes. Los pronósticos favorecen a los demócratas. En su actualización final, Silver Bulletin considera ampliamente probable que recuperen la Cámara de Representantes y también les concede ventaja en el Senado. Otros modelos coinciden en esa dirección, aunque difieren sobre la magnitud. Son proyecciones, no resultados, la participación y los errores de las encuestas todavía pueden modificar el desenlace.
Si esas previsiones se cumplen, Trump enfrentará mayores contrapesos legislativos: investigaciones, dificultades presupuestales y obstáculos para aprobar su agenda. Sería, sin embargo, un error concluir que perder el Congreso significa perder la Presidencia o quedar paralizado. Su capacidad de decisión ejecutiva seguirá siendo relevante, particularmente en ámbitos que afectan directamente a México, como migración, seguridad y política exterior.
Mi lectura es que un Trump debilitado internamente podría buscar victorias fuera de sus fronteras. México debe prepararse para ese riesgo, sin presentarlo como un desenlace inevitable. Una derrota republicana podría generar nuevos incentivos para endurecer exigencias, exhibir resultados contra los cárteles o convertir diferencias comerciales en demostraciones de fuerza. Celebrar anticipadamente sería una irresponsabilidad.
Si los republicanos conservan posiciones suficientes para sostener su agenda, el desafío será distinto: un presidente que podría interpretar el resultado como respaldo a sus métodos. En ambos escenarios, la conclusión para México es semejante. La estrategia bilateral debe descansar en capacidades propias, interlocución permanente y objetivos verificables. Apostar todo al desgaste electoral de Trump sería una política exterior de espectadores.
El frente comercial exige especial atención. En julio, Estados Unidos rechazó extender el T-MEC en sus términos actuales. El tratado sigue vigente, pero quedó sujeto a revisiones anuales; Washington ya abrió consultas para la de 2027. Por ello, el nuevo Congreso importa, pues, aunque no sustituye al Ejecutivo, puede influir en la supervisión del acuerdo y en las prioridades de negociación.
Para México, la incertidumbre comercial dificulta decisiones de inversión y planeación empresarial. Nuestra respuesta debería ser ampliar alianzas con legisladores, gobernadores, empresas y trabajadores estadounidenses que se benefician de la integración regional. También corregir nuestros propios obstáculos: inseguridad, infraestructura insuficiente y falta de certeza jurídica. Negociamos mejor cuando ofrecemos condiciones confiables para producir, invertir y generar empleo.
En seguridad, México necesita una cooperación exigente y recíproca: enfrentar a las organizaciones criminales y sus redes financieras, y reclamar acciones eficaces contra el tráfico de armas. Defender la soberanía implica ejercerla, investigar delitos y hacer cumplir la ley. La opacidad y la impunidad debilitan nuestra posición negociadora y facilitan que otros pretendan dictarnos las condiciones de colaboración.
En migración, tampoco conviene prometer alivios automáticos por una eventual victoria demócrata. México debe fortalecer la protección consular, la defensa jurídica y la atención a personas retornadas. Los derechos de nuestros connacionales requieren presupuesto, personal y seguimiento. Su protección debe ser una responsabilidad cotidiana del Estado mexicano, con independencia de quién controle cada cámara en Washington.
Las urnas estadounidenses pueden modificar los interlocutores y los márgenes de negociación; no resolverán las debilidades mexicanas. El gobierno de Sheinbaum debe explicar qué propone, qué defiende y cómo rendirá cuentas. México necesita una estrategia nacional que reúna al gobierno, al sector productivo y a la sociedad. Nuestra relación bilateral es demasiado importante para conducirla entre declaraciones tranquilizadoras y reacciones improvisadas. Ningún pronóstico favorable sustituye la obligación de gobernar.
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