La presidenta Claudia Sheinbaum hizo un llamado para que durante el próximo proceso electoral no haya campañas de odio contra los adversarios políticos. La petición sería irreprochable si no proviniera de quien encabeza un movimiento que convirtió la descalificación, la división y el linchamiento público en su principal estrategia para conquistar y conservar el poder.
Morena lleva años dividiendo a México entre buenos y malos: pueblo y élites; patriotas y traidores; honestos y corruptos; transformadores y conservadores. Quien respalda al gobierno forma parte del “pueblo bueno”; quien lo cuestiona es automáticamente clasista, racista, corrupto o defensor de privilegios. La oposición es para ellos la mafia del poder y hoy no quieren que les llamen narcopartido. Eso no es debate democrático, es una estrategia deliberada para deshumanizar al adversario y descalificar cualquier crítica sin tener que responderla.
Sheinbaum no rompió con esa práctica, al contrario, la continuó. Desde Palacio Nacional se señala a periodistas, empresarios, organizaciones civiles, intelectuales, medios de comunicación y partidos de oposición. Se publica una lista negra de actores críticos disfrazada de “ecosistema digital”. En las mañaneras se exhiben nombres, fotografías, publicaciones y opiniones de quienes incomodan al gobierno. No se responden argumentos nunca, se construyen enemigos.
La propia presidenta ha acusado a opositores, medios y ciudadanos inconformes de promover “el odio” y de participar en campañas organizadas contra su gobierno. En noviembre de 2025 utilizó la conferencia presidencial para identificar a quienes, según ella, impulsaban ese clima político y eso lo repitió recientemente la consejera jurídica. Paradójicamente, desde esa misma tribuna se condena, etiqueta y expone a quienes piensan distinto.
Morena también ha llamado “traidores a la patria” a legisladores de oposición, ha presentado carteles con sus rostros, ha promovido campañas digitales en su contra y ha pretendido convertir el desacuerdo parlamentario en una forma de deslealtad nacional. Más recientemente, incluso integrantes de la coalición oficialista que rechazaron una reforma presidencial fueron exhibidos públicamente como traidores. El mensaje es peligroso: disentir no es ejercer un derecho, sino ponerse del lado de los enemigos de México.
Ahora que inicia un nuevo proceso electoral, la presidenta pide moderación. Pero la civilidad democrática no puede exigirse solamente a los adversarios. Tampoco puede utilizarse como una mordaza para impedir que la oposición denuncie corrupción, incompetencia, autoritarismo, impunidad o posibles vínculos entre integrantes del oficialismo y el crimen organizado.
Criticar al poder no es odio, investigar a un funcionario no es violencia, denunciar abusos no es una campaña negra, y exigir cuentas no es atacar a México. El discurso de odio comienza cuando desde el poder se niega legitimidad a quien piensa diferente, cuando se utiliza al Estado para exhibirlo, cuando se le presenta como enemigo del pueblo y cuando se busca que millones de simpatizantes lo persigan en redes sociales.
Si la presidenta verdaderamente quiere elevar el nivel del debate público, debería empezar por su propia conferencia. Que deje de funcionar como tribunal sin derecho de audiencia, que Morena retire las campañas de estigmatización, que sus dirigentes respondan con pruebas y no con insultos, que el gobierno entienda que gobernar no significa decidir quién merece hablar y quién debe ser silenciado.
México necesita campañas de propuestas, contrastes y rendición de cuentas. Necesita una competencia política firme, pero democrática. Sin embargo, esa reconciliación exige congruencia.
La presidenta tiene razón: no debe haber campañas de odio contra los adversarios políticos, pero antes de exigirlo tendría que reconocer que su partido hizo del odio una herramienta electoral, de la polarización una estrategia constante de comunicación y del adversario un enemigo permanente. Quien siembra división desde Palacio no puede presentarse después como guardián de la concordia, porque el odio no deja de ser odio cuando lo promueve Morena.
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