Hace casi dos años, el día de la toma de posesión de Claudia Sheinbaum, escribí una columna que titulé La voz de Claudia. Había seguido durante la campaña la modificación de su imagen: el trabajo con asesores en el tono de voz, los movimientos de las manos, las sonrisas ensayadas, el maquillaje y el peinado. Terminaba aquella columna diciendo que, después de años de preparación con entrenadores de oratoria e imagen, y bajo la enorme influencia de su mentor, había …
