El verdadero triunfo del poder no consiste en aplastar a la oposición, sino en domesticarla hasta que trabaje para sus fines. Durante el sexenio de López Obrador, consolidado ahora por Claudia Sheinbaum, el oficialismo acorraló a un adversario torpe, lo empujó a la provocación y capitalizó su fracaso para demoler, entre aplausos, los contrapesos de la República.
Cada amparo inconcluso, cada marcha desgastada, alimentó al régimen. Ante una resistencia que se leyó como el manotazo de élites desplazadas, Morena desplegó el efecto rally 'round the flag: cerrar filas en torno a la "transformación", gritar sabotaje y convertir la victoria electoral en patente de corso. Así se justificó la "supremacía constitucional", el desmantelamiento del Poder Judicial y la absorción de los órganos autónomos: neutralizando a un enemigo peligroso en el discurso, inofensivo en los hechos. La ventana para frenar esta erosión se cierra rápido; una vez controlados el Poder Judicial y el árbitro electoral, resistir se vuelve casi imposible.
Y aquí está la prueba de que la oposición ya se rindió: esta semana, previo al Segundo Informe de Sheinbaum, Ricardo Monreal se paseó por San Lázaro repartiendo abrazos a legisladores de PAN y PRI, como si inaugurara una fraternidad. Alito Moreno le soltó un "te queremos mucho, Richard"; Anaya firmó, sonriente, el pacto de no incomodarse. La civilidad democrática degeneró en pantomima: la cúpula se perdona entre sí, mientras la base social del país se desangra en el territorio que ellos imaginan.
Si la oposición quiere salir del matadero institucional, la denuncia moral abstracta ya no conmueve. Insistir en la polarización directa es seguir el libreto que el Ejecutivo les escribió. Necesita hablar de utilidad concreta —salud, seguridad, agua— y no de colapso; cambiar los abrazos de pasillo por el trabajo sucio del territorio: colonias, sindicatos, gobiernos locales, y tragarse el orgullo para aceptar el diagnóstico social del régimen, sin fantasear con restaurar el viejo modelo que los llevó a la ruina.
La democracia no se salva con discursos, sino resolviendo problemas reales. Si las reglas del juego dejan de dar resultados, la mayoría elegirá, con razón, a quien los prometa sin importarle las reglas. Quien no lo entienda seguirá siendo combustible del poder.
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