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La servidumbre que elegimos

Los regímenes corruptos no nacen en el vacío: son la destilación de una sociedad cuyo tejido moral se ha corroído en la cotidianidad. Antes de que el Estado colapse institucionalmente, la sociedad ya ha quebrado en sus prácticas diarias. La cultura de la ventaja rápida, la evasión de la norma y el cinismo colectivo legitiman, a pequeña escala, la misma lógica depredadora que luego se execra en la cúpula del poder.

Como advertía Étienne de La Boétie en el siglo XVI, la tiranía no se sostiene solo por la fuerza de quien la ejerce, sino por la servidumbre voluntaria de quienes la padecen: "¿Cómo tiene algún poder sobre vosotros, sino es por obra de vosotros mismos?". Al ceder la responsabilidad ética a cambio de pequeñas tolerancias o resignación, la ciudadanía entrega las llaves de su propia libertad.

Para Aristóteles, la adulación es una fuerza destructiva que corrompe el orden político tanto en la tiranía como en la democracia degradada. En su Política, equipara al adulador del tirano con el demagogo que lisonjea al pueblo: ambos manipulan los caprichos de quien ostenta el poder absoluto —sea un individuo o una multitud—, desplazan a los ciudadanos virtuosos y sustituyen la soberanía de la ley por el capricho egoísta. Una vez enquistados, los tiranos, recuerda La Boétie, "no solamente han procurado siempre acostumbrar al pueblo a ellos y a la obediencia y servidumbre, sino incluso a la devoción".

Este deterioro se agrava donde la violencia y la gobernanza criminal capturan la vida pública, como ocurre en el México contemporáneo. Allí la complicidad rara vez es apatía pura: unas veces es mecanismo de supervivencia; otras, simple pragmatismo. Cuando el crimen organizado asume funciones estatales, coopta el territorio y construye base social, la ambición amoral y el miedo paralizante disuelven los lazos de solidaridad comunitaria. La ley pierde fuerza y la anomia se vuelve norma.

El colapso de una nación nunca es un accidente unipersonal: la arrogancia de las élites encuentra su combustible en la resignación y la descomposición social. Mientras la sociedad no reconozca su propia cuota de responsabilidad y reconstruya sus reservas morales desde la base, cualquier intento de regeneración política será una ilusión condenada a repetirse.

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