La pax narca mundialista terminó. Los 10 cuerpos colgados en Fresnillo, Zacatecas, son el mensaje que desnuda la ficción oficialista. La masacre, entre cuyas víctimas hay un exalcalde y dos funcionarios municipales, no es un simple ajuste de cuentas local. Es algo más profundo y perverso.
Zacatecas no produce droga ni representa un gran mercado de consumo, pero es la bisagra logística de México. El estado concentra un botín económico diverso que explica la disputa territorial entre los cárteles. La minería —segundo rubro productivo del estado— es blanco de extorsión sistemática que golpea tanto a trabajadores como a transportistas. La ganadería y la agricultura enfrentan cuotas que erosionan el margen de los productores. A ello se suma el control de carreteras como corredor logístico hacia Estados Unidos. En el caso de la masacre reciente, además, hay indicios de colusión entre funcionarios públicos y estructuras criminales.
Esa centralidad geográfica explica por qué la violencia se contuvo ahí durante años. La baja de homicidios que el gobierno federal presumió es producto de una "gobernanza criminal": los cárteles delimitaron sus zonas de influencia y sostuvieron una paz armada con alfileres —una pax narca donde la violencia se frena artificialmente, mientras el control territorial se consolida en la sombra.
Esa paz se sostenía sobre un liderazgo que ya no existe. La captura de El Mayo Zambada fracturó el mando que administraba esos equilibrios tácitos. Los "narcojuniors" que heredan el territorio, no heredan, en cambio, el cálculo de sus predecesores sobre cuándo conviene la contención y cuándo el golpe público de autoridad, como se observa en el video que reivindicó la masacre y amenazó al gobernador David Monreal por incumplir supuestos pactos con su gabinete.
Si Zacatecas es la llave que asfixia el flujo de drogas de los rivales, disputar ese territorio es la batalla por el corredor mismo. Por eso no bastó con matarlos en silencio: los 10 cuerpos se colgaron, se filmaron y se reivindicaron. La falsa vitrina de la seguridad mundialista quedó expuesta. No es un exceso ni un descuido. Es violencia deliberadamente visible, diseñada para comunicar poder. La pax narca que el oficialismo presumía es una tregua que ya nadie pide permiso para romper.
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