En septiembre de 1920, un terremoto brutal sacudió Tuxcacuesco y otros municipios del sur de Jalisco. Juan Rulfo convirtió esa tragedia en El día del derrumbe, uno de los cuentos de El llano en llamas (1953), una sátira feroz sobre cómo el poder convierte el desastre en espectáculo. La trama es simple: el gobernador visita la zona devastada, la gente se conforma con verlo, y para agasajarlo se monta un banquete que termina en borrachera, discursos huecos sobre la democracia y una trifulca a machetazos. El gobernador observa impasible. Esa misma noche, mientras el narrador celebra ebrio, su esposa da a luz sola.
Un siglo después, la escena se repite con otro disfraz: la ciudad del ajolote y el Mundial. El ponche cambia por cerveza, el mariachi por porras, pero la lógica es idéntica. Mientras circula el alcohol y ondean las camisetas verdes, el temblor —la inseguridad, el transporte colapsado, las obras mal diseñadas, la opacidad— pasa a segundo plano. El Mundial se vuelve anestesia colectiva. La pasión se desborda hasta rozar el fanatismo; el civismo se diluye en un festejo que incluso deja muertos que nadie cuenta al día siguiente. El júbilo colectivo no da espacio al luto individual.
El patrón rulfiano se repite sin disimulo: el gobernante necesita el aplauso, no la solución. Por ello se inauguran obras vistosas e inútiles en plazos electorales, ocultando las deficiencias tras mamparas. Como el gobernador de Rulfo, que pronunciaba su discurso sobre el progreso, mientras la gente lo escuchaba entre el polvo de sus casas caídas: basta con que el jefe se presente y lo vean, para que todo parezca resuelto.
El cuento guarda su verdadero juicio para el final. El narrador recuerda, como una ocurrencia tardía, que mientras él volvía a casa "más bien borracho", su mujer tuvo que parir sola y salir del paso "a como Dios le dio a entender".
Ahí está el verdadero retrato del país. La borrachera pasa, las grietas del derrumbe permanecen, y siempre hay una mujer —o un pueblo entero— que tiene que salir del paso como Dios le dio a entender, sin ayuda, sin que nadie note su ausencia hasta que ya es demasiado tarde para reclamar nada.
Recomendar Nota
