La vasta red consular de México en Estados Unidos —la más grande del mundo para un solo país— osciló históricamente entre la protección comunitaria y la influencia estratégica. Desde el veto a condados racistas en el Programa Bracero hasta el impulso de la naturalización en los años 90, la diplomacia mexicana se basó en el empoderamiento de su diáspora. No era injerencia, era defensa institucional.
Sin embargo, el obradorismo corrompió esta tradición, desviando el aparato consular para convertirlo en un vulgar botín de facción. El servicio exterior fue asfixiado operativamente y capturado por nombramientos políticos cuyo único fin fue saldar pactos internos de Morena. Desplazando a diplomáticos de carrera, el régimen pisoteó la dignidad laboral del cuerpo consular y pulverizó el prestigio de México como mediador respetado.
Hoy, las consecuencias de esa audacia aficionada son devastadoras. El Departamento de Estado de EU, liderado por Marco Rubio, ha ordenado una investigación exhaustiva a los 53 consulados mexicanos, y la administración Trump ya contempla el cierre definitivo de varias sedes. Esta crisis es el resultado directo de la perversa estrategia de López Obrador, quien utilizó a Marcelo Ebrard para instrumentalizar la red consular, ordenándole movilizar el voto migrante a favor del Partido Demócrata y hacer campaña militante por Morena. Bajo los propios estándares legales que el oficialismo discute en México, una intervención de esta magnitud habría sido motivo suficiente para anular la elección estadounidense de 2024.
Al coordinar esfuerzos con asesores extranjeros para presionar desde dentro del territorio estadounidense, el régimen incurrió en lo que el analista Peter Schweizer califica como una “descarada interferencia”. Esta es la verdadera cara de la perversión ideológica de la autodenominada cuarta transformación: un régimen injerencista que, cegado por el dogmatismo y la soberbia, abandonó su obligación de proteger y atraer inversiones. Al transformar las sedes diplomáticas en comités de campaña foráneos, el obradorismo cometió una traición histórica: hipotecó el porvenir, la seguridad y la estabilidad de millones de mexicanos en Estados Unidos, dejándolos desamparados y convertidos en el blanco perfecto de la peor represalia geopolítica. Y en su farsa soberanista, los responsables siempre serán los demás.
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