Actualmente, Movimiento Ciudadano gobierna dos estados con una población total de 14.1 millones de personas. Tiene una bancada de legisladores federales de 36 representantes ciudadanos; 30 en la Cámara de Diputados y 6 en el Senado de la República. Ocupa 79 curules a nivel local y gobierna en 186 municipios del país. A pesar de ser una fuerza consolidada que, a diferencia de otros partidos de oposición, está creciendo en apoyo y espacios de representación política, para muchas personas siguen sin quedar claras nuestra naturaleza y función como instituto político. Para unos, somos una fuerza emergente; para otros, esquiroles. Para unos, somos un movimiento político llamativo, pero inviable; para otros, somos “los que siguen” para gobernar porque representamos algo nuevo y distinto a PRIAN y a Morena. Esto es natural en un movimiento que ha ido creciendo elección con elección y en un contexto de realineación de las fuerzas políticas nacionales a partir de 2018.
En el caso de Movimiento Ciudadano, se suma, además, una incógnita sobre lo que representa(mos). Al haber nacido como un movimiento que empezó por lo local, muchos de sus rasgos se atribuyen a las poblaciones que gobierna. Sin embargo, hay en el movimiento banderas claras que a fuerza de observación se consolidan como rasgos acendrados y distintivos de un conjunto de ideales en construcción.
Antes de continuar, debo ser claro en que soy militante y diputado local de Movimiento Ciudadano. Esta cercanía y afinidad puede, por supuesto, implicar sesgos, pero también ofrece una perspectiva especial sobre la evolución histórica de este movimiento. Este texto surge de una reflexión personal y la presento como una invitación a una conversación colectiva en la que pretendo dar a entender un poco más al movimiento naranja: ubicar en su contexto los rasgos, hitos y proyectos principales.
La transición democrática: el origen de Movimiento Ciudadano
La vida política de Movimiento Ciudadano no puede desentenderse de sus raíces. Movimiento Ciudadano nació como Convergencia en 1999, una fuerza que acompañó a quienes impulsaron la transición democrática desde la izquierda. En 2000 se sumó a la Alianza por México que postuló a Cuauhtémoc Cárdenas para la presidencia. Desde entonces, el rumbo del proyecto encabezado por Dante Delgado ha mantenido intacto el primer artículo de sus estatutos: “su ideología se sustenta en los valores y los principios de la Socialdemocracia renovada y en la búsqueda y consolidación del nuevo Estado democrático”.
Aquí resalto un dato crucial que ha sido señalado por historiadores y politólogos: a diferencia de lo que ocurrió en otras latitudes, la alternancia en México se dio desde la derecha, y no desde la izquierda. Traigo a colación lo anterior, porque la democratización fue un proceso que logró conciliar los impulsos que latían desde la derecha y la izquierda con un objetivo compartido: la transición ordenada e institucional hacia un régimen plural. En el proceso de transición democrática, el triunfo del PAN garantizó la continuidad del modelo de liberalismo económico y del entonces Tratado de Libre Comercio.
La transición fue pacífica y bien recibida por los mercados internacionales y los sectores empresariales nacionales, disipando los temores de inestabilidad financiera que históricamente acompañaban a las crisis políticas en México. Mientras tanto, la izquierda —aglutinada entonces en el PRD—, al quedar excluida del poder presidencial en el 2000, se vio obligada a reorganizarse desde lo local y, sobre todo, desde la capital del país.
Mientras sucedía esta reorganización durante la transición, hubo una especie de consenso liberal de centro, en el que confluían las luchas de los distintos frentes políticos: democracia, separación de poderes, órganos autónomos, comisiones de derechos humanos, fiscalías independientes. La llamada tecnocracia ocupó el volante de la política pública y la desigualdad pasó a segundo plano respecto al crecimiento económico y la eficiencia en la asignación de recursos. Parecía, en efecto, que no había alternativa. El neoliberalismo se insertó en el sentido común de la época con tal fuerza que resultaba anatema salirse de sus confines ideológicos.
Otra etapa de la transición se hizo desde el Pacto por México. Esa agenda común fue lo suficientemente amplia como para abarcar desde la inversión privada en el sector energético, hasta una de las reformas fiscales más profundas que se han hecho en las últimas décadas. Por su ambición política, el Pacto desdibujó, aún más, al progresismo, ya que el PRD se sumó al mismo. Recalco lo de la reforma fiscal porque se recuerda poco a pesar de que logró aumentar la recaudación de 8% a 12.7% del PIB (casi 5 puntos del PIB). Aún así, y con los múltiples programas sociales, la desigualdad y la pobreza fueron temas que no figuraban en la narrativa gubernamental como inquietudes protagónicas. No había —por lo menos en el discurso— una señal de que esto fuera la prioridad gubernamental: se seguía hablando de las reformas estructurales y sus resultados esperados, sin vincular, en el discurso, la política pública con la necesidad ética de combatir la pobreza. Hasta que llegó López Obrador.
Dentro de esta circunstancia, Convergencia por muchos años no tuvo la fuerza para empujar la agenda progresista que siempre le ha caracterizado. Eso se reconoció en 2011 y, aprovechando los cambios en las reglas electorales de 2007, transmutó en Movimiento Ciudadano. Fue la primera vez que compitió de verdad por una gubernatura y estuvo a punto de ganarla en Jalisco con Enrique Alfaro. Políticamente empezamos a hacer ruido desde lo local, pero, paralelamente, el horizonte nacional nos empezó a cincelar.
La consolidación de Movimiento Ciudadano como una fuerza progresista
Ese giro de cara a 2012 tuvo un autor claro: Dante Delgado. Delgado se adelantó a su tiempo y reconoció, por un lado, la orfandad de muchos ciudadanos ávidos de participar en lo público, pero también la necesidad de una fuerza progresista que, lejos de replicar los debates tradicionales, planteara nuevas temáticas, nuevos personajes y nuevas preocupaciones en la agenda política nacional. Había un vacío en varios frentes: electoral, de causas y de comunicación.
Los vacíos en política normalmente se colman rápido, pero el vacío progresista fue profundo y prolongado. El lopezobradorismo pudo haberlo colmado, pero su fundador no tenía interés en hacerlo. Estaba más bien interesado en aprovechar esa y otras plataformas para construir su movimiento. Un movimiento exitosísimo, amorfo, que gravita —todavía— alrededor de la figura del líder. Porque el lopezobradorismo como fuerza electoral, si bien presentó un discurso profundamente ideológico y muy eficaz —el lema “por el bien de todos, primero los pobres” condensaba tanto una filosofía política como una necesidad real y tangible— nunca fue purista ni congruente, sino más bien pragmático. En 2018 y 2024 hizo de todo para ganar el poder, aceptó a todo aquel que trajera votos, sin importar si era de izquierda, derecha, centro o sin idea alguna. No es este el lugar para definir ideológicamente a Morena, pero es evidente que no ha gobernado como el movimiento progresista y de izquierda que prometió ser.
Para muestra un botón. Mientras el obradorismo se centraba en la constitucionalización de los programas sociales —subiéndolos a dogma por sus innegables beneficios sociales— desechaba la agenda que más le hace falta al país, aquella sin la cual no se pueden cristalizar los objetivos de la izquierda: una verdadera reforma fiscal y hacendaria, y la creación de un sistema de seguridad social universal. Al tiempo que olvidó la agenda fiscal progresista, a su vez, militarizó al país. La convergencia de estos dos elementos diluye toda posibilidad de calificar a Morena como un verdadero partido de izquierda.
Así pues, con el lopezobradorismo no se colma el hueco progresista que dejó el PRD, sino que se profundiza. Y empieza a surgir otra necesidad: una nueva fuerza política que se viera y moviera diferente. A partir de 2018, Movimiento Ciudadano empezó a demostrar que podía ser la fuerza política que albergara esa identidad. Una vez decididos a apostar por el efecto diferenciador que nos caracteriza, una vez que decidimos que las alianzas no eran deseadas ni provechosas, nos consolidamos como una nueva fuerza política nacional. Y así, sin alianzas, ganamos los gobiernos de Jalisco y de Nuevo León.
Movimiento Ciudadano abrazó las ideas que el PRD dejó en el camino y que Morena no quiso o no pudo sostener, y sumó posicionamientos que no habían sido debatidos lo suficiente en nuestro país. Somos una fuerza en crecimiento que se distingue precisamente por tener una agenda progresista explícita. Nuestros estatutos son clarísimos: somos socialdemócratas. Es decir, combinamos lo mejor de la tradición socialista con la libertad democrática. De la primera, creemos en la construcción de una sociedad donde las desigualdades arbitrarias sean abatidas por el Estado; de la segunda, creemos en la soberanía popular, fortalecida por la división del poder y un constitucionalismo fuerte que garantice los derechos fundamentales.
Ejemplos de la congruencia entre nuestro ideario y la agenda concreta que impulsamos sobran: el derecho al cuidado, los derechos reproductivos de las mujeres, el derecho a la movilidad, la protección del medio ambiente, la prohibición de las terapias de conversión, y, por supuesto, nuestra férrea oposición a la reforma judicial y a la militarización del país, entre muchas otras.
El otro claro diferenciador que hemos logrado plantear ha sido la comunicación. En México la política había sido definida desde el acartonamiento y la formalidad; así, para lograr una supuesta seriedad, se volvió aburrida. No pretendo decir que las formas en política no importan, al contrario, soy un firme creyente en la seriedad de las responsabilidades públicas. La política no es para cualquiera y no es un juego. Lo que sí creo es que esto no entra en conflicto con hacer política desde una mirada estética, atractiva y, sobre todo, comprensible. La política electoral entra por los sentidos: uno ve a los candidatos, los oye, los experimenta sensorialmente. Eso genera emociones que dictan, en gran medida, el sentido del voto. Por eso, uno de los mayores logros de Movimiento Ciudadano fue haber innovado en materia de comunicación. Se dejó atrás el templete y los saludos infinitos, y se hicieron presentes los videos, los reels y los jingles. Quien menosprecie el poder de esto, simplemente no entiende de política hoy en día. Y de esto no tengo dudas: Movimiento Ciudadano tiene la mejor comunicación política de este país.
La actualidad de Movimiento Ciudadano
En 2024 empezó una nueva época para Movimiento Ciudadano. Tuvimos, por primera vez, a un candidato propio a la Presidencia de la República, Jorge Álvarez Máynez. Su candidatura representó la decisión de apostarle a la mística construida a lo largo de los años por Movimiento Ciudadano y al mismo tiempo, el reconocimiento de que el crecimiento propio le permitía presentar una candidatura propia con resultados serios. Máynez compartía el ADN del partido y encarnaba su trayectoria. Fue una candidatura que empezó desde la adversidad: contra dos candidatas que ilegalmente empezaron sus campañas antes de tiempo y con una disparidad brutal en recursos para hacer campaña.
Además, se dio en un momento donde la narrativa oficialista permeó en el debate público. La idea de que había dos extremos polarizados, y que cualquier intento por una alternativa era hacerle el juego al régimen, obligó a Movimiento Ciudadano a combatir en un frente electoral adicional: el narrativo que invitaba al voto útil. La realidad desmintió esa hipótesis y para prueba los resultados de la elección. Morena ganó, la alianza no funcionó y Movimiento Ciudadano fue la única fuerza política que creció en el país. Muchos hoy parecen olvidarlo, pero, en la campaña presidencial, obtuvimos más votos que el PRI.
Además, Máynez asumió en su campaña el reto de la izquierda contemporánea: fincar sus propuestas desde lo local y lo concreto: vivienda asequible, servicios públicos eficaces, y una interpelación directa al electorado joven. Y fue el único candidato que se atrevió a hablar de la necesidad de una verdadera reforma fiscal.
A partir de ahí, Movimiento Ciudadano pudo cosechar lo sembrado durante tantos años y mostrar que es un partido con una característica fundamental: viabilidad. No importa qué tan buen candidato o candidata seas, si la gente no cree que puedes ganar, no va a votar por ti. A su vez, la consolidación de un sistema de creencias es lo que brinda viabilidad a cualquier proyecto político. En 2024 muchas personas vieron por primera vez en Movimiento Ciudadano una alternativa necesaria y posible: un voto que vale, que cuenta para que el poder cambie de manos.
También hemos ajustado nuestra agenda de acuerdo con el espíritu de la época. Parte de hacer política progresista es asumir casas nuevas o ver los problemas de siempre desde nuevos ángulos. Así, los tiempos cambiaron y la izquierda internacional se dio cuenta de que no podía dejar atrás su base histórica, los trabajadores; y que, a su vez, debía recuperar su vocación universalista. Las razones son conocidas: si bien la sociedad ha cambiado y su división en clases ya no es una categoría que describa una realidad tan palmaria, lo cierto es que la izquierda no puede renunciar a su vocación de representar los intereses de las y los trabajadores como medio de liberación universal. Para decirlo rápido, hoy el reto es ampliar la base electoral a la vez que se presentan causas que atraviesan electorados. Por eso, de 2021 para acá, al mismo tiempo que Movimiento Ciudadano sigue defendiendo los derechos de los grupos vulnerables, ha puesto énfasis en los derechos laborales: la reducción de la semana laboral a 40 horas, las vacaciones dignas, la ley silla, las licencias de paternidad, etcétera.
El futuro de Movimiento Ciudadano
Después del 2024, Máynez llegó a la dirigencia del partido. En el 2025 competimos en tres elecciones clave: Puebla, Veracruz y Durango. Máynez les imprime una nueva dinámica a las campañas, visita los municipios, se concentra, va y hace campaña con los candidatos. En las tres, Movimiento Ciudadano creció. En Veracruz, Movimiento Ciudadano se convirtió en la segunda fuerza política al pasar de 7% aproximadamente de los votos en procesos anteriores, a 19.12%. En Durango alcanzó el 16.95% de la votación estatal frente al 7% que rondaba en procesos previos; en la capital, Movimiento Ciudadano relegó a Morena a la tercera posición. Y en Puebla creció como la cuarta fuerza política estatal, logrando hacerse de municipios estratégicos, antes dominados por los otros partidos.
Hoy empezamos a ver encuestas de los procesos electorales en puerta y en todas vemos la posibilidad de la realineación de las fuerzas políticas del país. Morena baja poco a poco, el PRI se desploma, excepto en estados muy concentrados, como Coahuila, el PAN se mantiene y Movimiento Ciudadano le pisa los talones como segunda fuerza política del país.

Lo más importante, quizá, es que la marca del “movimiento naranja” es la que menos rechazo genera entre la población. Por su parte, los negativos del PRI y del PAN son innegables y relevantes.


Anticipamos el 2027 con gran expectativa, sí, pero también con profundo realismo. Movimiento Ciudadano tiene frente a sí una enorme oportunidad. Puede ser la opción de los desencantados de Morena —que no son pocos— y puede convencer a las clases medias urbanas de votar naranja, si presenta buenas y buenos candidatos. Si sigue con su agenda laborista y en las calles, y con la gran comunicación, podemos apelar a las bases populares —sin ellas es imposible asir el poder nacional—.
Tenemos también retos claros. La etapa de la expansión electoral sólo puede fortalecerse si empezamos a desarrollar una generación de políticos profesionales que entiendan la seriedad que la política y la política pública ameritan y, al mismo tiempo, conserven el elemento lúdico, de esperanza, de futuro para cautivar a quienes se han cansado de la rivalidad de las fuerzas políticas tradicionales.
Frente a una operación de Estado como la que hemos visto en algunas elecciones en años recientes, tenemos la necesidad de traducir la comunicación en movimiento territorial. En una organización potente que debata en las calles lo que hoy ya domina en las redes.
No hay en ningún otro movimiento un debate sobre temas de futuro. No cuentan con el beneplácito de las y los jóvenes. No quieren ver en el futuro lo que creen que pueden recuperar del pasado. No hay un país que pueda avanzar en reversa hacia el futuro. Hoy Movimiento Ciudadano es esa opción que representa al electorado que cree en la igualdad, pero no en el estatismo; que cree en la seguridad, pero no en el Estado vigilante; que quiere la eficiencia de los mercados, pero no permite su rapacidad; que ve en las decisiones de vida personales, la dignidad de los derechos. Podemos ser el espacio de encuentro de ciudadanos comprometidos y de políticos profesionales; de jóvenes urbanos y de trabajadores agrícolas; de empleados y de cuidadores. ¿Podremos lograrlo? Mi convicción es que sí.
Recomendar Nota
