El título de este texto sonará algo trillado. He leído varias editoriales en este tono y parecería que es una declaración cuyo sentido —o conjunto de respuestas— deberían ser obvias. A la izquierda se le asocia con la idea de igualdad, de un Estado fuerte que redistribuye los recursos. También pensamos en causas progresistas: en la defensa de las minorías, de los pueblos originarios, de la comunidad LBGTQ, del feminismo. Luego vienen otros conceptos como la socialdemocracia o los Estados de bienestar. Pero también la relacionamos con el marxismo, con la teoría crítica, con el posestructuralismo y con autores tan variados como Marx, Hegel, Rosa Luxemburgo, Habermas, Louis Althusser, Foucault, Laclau, Tony Judt, Zizek, y hasta Rawls.
El resultado de tanta mezcla conceptual es que, por lo menos a mí, no me queda claro qué es ser de izquierda hoy y cuál es el futuro de su proyecto. Me queda claro que la idea que late en el corazón de esta corriente es la igualdad. Sin embargo, la manera de concebirla y, sobre todo, de realizarla en la práctica política obliga a repensar lo básico y desbrozar el paisaje. En las próximas entregas me quiero dedicar a esto por una sencilla razón: la derecha está ganando terreno ya no sólo a nivel ideológico, sino también político. Los cambios de gobierno en América Latina no son menores. A principios de este siglo se dio la llamada marea rosa que abarcó a Chile, Brasil, Argentina, Uruguay, Ecuador, Honduras, Venezuela y Bolivia. Hoy el paisaje es totalmente distinto. Además, esto no es exclusivo de América Latina, sino del mundo. Al norte tenemos a Trump, en Italia a Meloni, en Reino Unido y Alemania avanzan partidos de ultraderecha, como Reform UK y Alternativa para Alemania (AfD), respectivamente.
Empezaré con una discusión urgente. ¿Cuál es la diferencia entre la izquierda y la política de identidad o el llamado movimiento woke? Esta reflexión inevitablemente llevará a otra ¿cómo la democracia liberal puede responder a políticas que niegan sus propios fundamentos? Me explico.
La izquierda marxista ha sido siempre universalista. El proletariado era parte de ese sujeto universal (el ser humano) que, una vez liberado, liberaba a toda la humanidad. El marxismo es, casi por definición, igualitario y, desde ahí, reconocía la trampa del capitalismo: establecer la igualdad formal de los partícipes en el sistema y, con su propio éxito —el éxito del capitalismo— negar esa igualdad. El proletariado intercambia en el mercado su trabajo por el tiempo necesario para obtener un salario determinado por el mercado. Éste respetaba así la ley del valor. Sin embargo, el capitalista —en apego estricto a la ley del valor— se apropia de la plusvalía y destruye la igualdad inicial de los sujetos que comparecen al mercado. Empieza la acumulación del capital y, con esto, una desigualdad estructural. Por eso, para Marx la liberación del proletariado implicaba la liberalización de toda la humanidad.[1] El reino de la libertad se abría a través de la igualdad que es consustancial a la idea del universalismo.
Paradójicamente, la democracia liberal también es universal. El proceso democrático implica que existan elecciones donde las personas van y votan y todos los votos cuentan por igual. En este ejercicio el valor de su voto no se define por su raza, género, posición social, u orientación sexual, sino por su calidad de ciudadanos, por ser miembros de una comunidad política. Una categoría que nace de la Ilustración y que nos dota de iguales derechos a todos lo que habitamos en un país y que, después, se expandió a todo el mundo mediante la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Todos, en cuanto seres humanos, somos iguales.
Estas dos corrientes entran en franco conflicto con las políticas de identidad que parten de una lectura de la realidad distinta. El wokismo pone en el centro no la igualdad, sino la diferencia entre nosotros. Así “pueblos originarios, minorías sexuales o formas de vida minoritarias o excluidas, [...] comparecen en el espacio público reclamando participar de la voluntad colectiva no desde la abstracción de la ciudadanía, sino desde la identidad que poseen”.[2]
¿Qué problemas presenta esta escisión de las corrientes progresistas? Veremos en la próxima entrega.
[1] Marx, Karl, “Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política”, 1859, disponible en: https://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/criteconpol.htm
[2] Peña, Carlos, La política de la identidad, ¿el infierno son los otros? Taurus, 2022, p. 15.
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