No doy crédito a lo declarado por Vicente Fox en una entrevista con Juan Luis Cebrián para The Objective. No tiene sentido la forma en que se disparó al pie, le disparó a Calderón (su sucesor en la Presidencia) y a su partido, o lo que queda de su partido, el PAN. Vicente Fox afirma “yo hice ganar a Calderón”, y se queda tranquilo, dando lugar a todo tipo de interpretaciones sobre su intervención indebida y posiblemente ilegal en una contienda electoral. Fox pone en duda con esto, si no es que destruye, el único patrimonio político que le quedaba, el de haber sido un demócrata y un impulsor de la democracia. Todavía se da el lujo de agregar que él nunca le hubiera entregado el poder a una persona de un partido político distinto al suyo. De modo que, de paso, se cargó la credibilidad del entonces IFE, hoy INE. Fox está diciendo que el presidente de México tenía la capacidad de pasar por encima de las instituciones electorales para provocar la victoria de su favorito. Deja pues, muy mal parada a la institución y a sus titulares. No es la crítica de un comentarista político, un académico, un activista social o un ciudadano común y corriente. Es la crítica y deslegitimación del sistema electoral de la transición democrática por parte de quien ostentó la jefatura del Estado mexicano. Mancha para siempre la victoria de Calderón en la elección presidencial de 2006 y se atribuye el triunfo a sí mismo. Concede así, sin que nadie se lo haya solicitado, un argumento a favor del movimiento obradorista que, desde siempre, denunció fraude electoral en 2006.
Es una cosa triste y patética. No es solamente otra declaración estúpida de Fox en su ya larga colección de aberraciones similares. Es una victoria retórica gratuita para el obradorismo, ante el cual se exhibe como lo que ellos siempre dijeron que fue, un traidor a la democracia. Los historiadores dirán que no importa, que los elementos técnicos demuestran la ausencia de fraude. Nada más que los mitos no se desbancan con argumentos técnicos, sino con declaraciones, actitudes y acciones como la de Fox, que acaba de fortalecer el mito obradorista del fraude con más vigor que nunca. Fox demuestra la insignificancia intelectual de su persona, la cabeza de la primera alternancia partidista pacífica en la historia presidencial de México. Pero el daño a su imagen personal es lo de menos. De golpe, con unas cuantas palabras, liquidó el esfuerzo de los millones de mexicanos constructores de la transición a la democracia. Como decía un exgobernador “en política, la palabra es como la moneda. Entre más se emite, más se devalúa”.
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