En estos tiempos de zozobra cibernética, se murmura que la inteligencia artificial acabará por arrebatarnos el oficio de escritor.
Te lo digo desde la trinchera. En mis años como ghostwriter me traían literalmente como badajo de campana: redactando a marchas forzadas, procesando toneladas de información y entregando textos con exigencias de inmediatez enfermiza. Era una máquina que escupía palabras en la sombra. La IA es exactamente eso: un escritor fantasma digital, hiperactivo y sobrevitaminado que carece por completo de criterio, intención y vivencia.
Escribo estas líneas desde el camión que me lleva a San Martín Tilcajete, y el argumento cabe en un bamboleo de carretera: por más algoritmos que se le añadan, la máquina solo calcula qué palabra es estadísticamente más probable después de otra. Sin embargo, le falta lo único que hace que una novela te rompa el alma: cicatrices reales, neurosis humana, una arquitectura honda.
La sospecha resulta comprensible, mas el diagnóstico peca de ingenuidad. La carpintería de las letras sabe de sobra que una cosa es juntar párrafos con impecable sintaxis y otra, muy distinta y bastante más compleja, levantar esa estructura viva a la que llamamos novela total. El artefacto digital opera a la manera de un ghostwriter contumaz: redacta con rapidez, propone adjetivos sin rubor y acata órdenes con la docilidad de un escribano decimonónico. Pero carece, para su desgracia, de hígado, de memoria emotiva y de esa picardía trágica que solo otorga el hecho de estar vivo y lidiar con la comedia humana.
La máquina puede suministrar toneladas de mármol tipográfico, pero la escultura sigue perteneciendo al ojo del arquitecto. La inteligencia artificial es apenas el secretario. El fraude no reside en servirse de la pluma ajena, sino en carecer del criterio estético para decidir qué basura conviene arrojar al cesto de la basura antes de enviar las cuartillas a la imprenta.
Descalificar una obra por la herramienta empleada equivale a vituperar al general por valerse de la cartografía que le trazó un subalterno. Si la novela conmueve, estruja y revela una verdad profunda sobre nuestras miseria y grandeza, el mérito pertenece entero a la mente que supo guiar el timón entre la marea de datos. La tecnología acelera el borrador, pero el soplo que convierte las palabras en literatura continúa siendo, por fortuna o por desgracia, patrimonio exclusivo de la condición humana.
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