Entre Jean-Luc Mélenchon y Andrés Manuel López Obrador hay algo más que una amistad cordial: hay un manual compartido. Liderazgo hiperpersonal, “el pueblo” contra “las élites” en versión melodrama y una alergia crónica a cualquier contrapeso que no aplauda.
George Steiner, en La idea de Europa, definía el continente por sus cafés, sus calles bautizadas con nombres de poetas y científicos, y su doble herencia de Atenas y Jerusalén: la razón, la ley y la discusión interminable. Es decir, todo lo que el caudillo considera una molestia. Steiner recordaba además que Europa sabe mejor que nadie lo que cuesta el fervor de las multitudes: lo pagó en el siglo XX.
Empecemos por las instituciones. López Obrador pulverizó los órganos autónomos y sometió la división de poderes en nombre de combatir a la “mafia del poder”. Mélenchon propone una Sexta República que cambie el presidencialismo por un asambleísmo radical: refundar el Estado, como quien derriba la casa para cambiar una cerradura. Ambos dominan, además, el arte de atizar y deslindarse. Capitalizaron el malestar social y, cuando la calle se desbordó, condenaron los saqueos para luego culpar al gobierno y a la policía. Incendiarios con extintor de utilería. Así opera la izquierda criminal.
En economía, López Obrador recortó salud, ciencia e infraestructura básica para financiar transferencias y megaobras, y entregó el mayor déficit fiscal en tres décadas. Mélenchon propone desobedecer los tratados presupuestarios de Bruselas, disparar el gasto y suspender la deuda “ilegítima”. En una economía tan endeudada e interconectada como la francesa, eso equivale a socavar el euro.
Su geopolítica no tranquiliza. Un soberanismo de retórica anti-OTAN y una laicidad que se vuelve ambigua cuando conviene en las urnas, amenazan con aislar a Francia justo cuando Europa necesita aliados. Steiner hablaba del crepúsculo europeo; Mélenchon parece decidido a adelantar la hora.
Y en cuanto al Congreso, el libreto se repite. López Obrador, con su mayoría, convirtió el Legislativo en oficialía de partes: reformas sin cambiar “ni una coma” y oposición en silencio. Mélenchon, sin mayoría, practica el bloqueo: avalancha de enmiendas, sesiones paralizadas. Uno controla y el otro obstruye. El parlamento sirve si obedece, estorba si no.
Si López Obrador mostró cómo el poder sin contrapesos carcome a un país, Mélenchon quiere la secuela en el corazón de Europa. Con subtítulos, eso sí.
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