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El orgullo de mi transformación

México no inventó el nepotismo, pero sí lo elevó a doctrina de gobierno. Entre 1970 y el presente, la frontera entre el erario, la familia presidencial y la agenda de los amigos de los hijos ha desaparecido. No es un descuido del sistema: es el sistema.

Con Echeverría, el "desarrollo compartido" resultó ser, para algunos, más compartido que para otros. Mientras el Estado multiplicaba paraestatales, fideicomisos y obras, los juniors del círculo presidencial, con Luis Fernando, Álvaro y Pablo Echeverría Zuno a la cabeza, colocaban compañeros de la universidad en dependencias federales estratégicas. Sus comercializadoras resultaban ganadoras de compras consolidadas. Un ejido comprado barato aquí, una infraestructura estatal que lo revaloriza allá: así se fundó el negocio de Cancún, según la versión que ha quedado en la memoria pública.

Llegó López Portillo y la discreción se volvió obsoleta. "Es el orgullo de mi nepotismo", sentenció al nombrar a su hijo José Ramón subsecretario de Programación y Presupuesto. Quien necesitaba ampliaciones presupuestales sabía qué puerta tocar y a qué costo. En pleno delirio petrolero, Pemex rentaba plataformas mediante intermediarios sin experiencia, pero con amigos en Los Pinos.

Décadas después, la liturgia permanece intacta. El patrón no requiere un nombramiento formal en el gabinete: basta la intermediación de confianza. El caso de Amílcar Olán, empresario tabasqueño favorecido con millonarios contratos en el Tren Maya y en medicinas estatales gracias a su abierta cercanía con Andrés y Gonzalo López Beltrán, demuestra la vigencia del arquetipo. Cambian las formas, pero no la esencia: hoy los intermediarios hablan de "proveeduría estratégica" y se escudan en decretos de seguridad nacional en lugar de recurrir al descaro de antaño.

Lo revelador no es la corrupción, sino su arquitectura: acceso privilegiado a la información, empresas modestas que de pronto facturan como multinacionales y una tribuna presidencial que descalifica toda crítica como complot de la derecha. Cosío Villegas lo advirtió en 1974: donde el poder presidencial no encuentra límites, el carácter del ejecutivo se vuelve política pública.

Ese es el verdadero escándalo: haberlo tratado como anécdota del pasado. Mientras la cercanía afectiva con el presidente siga siendo el activo más rentable del país, cualquier alternancia será otro deteriorado cambio de inquilinos en la misma casa.

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