Una gripe es una gripe. Hasta los presidentes se enferman. Tienen derecho a su cama, al té, al paracetamol y, si la patria lo permite, al caldito de pollo. El problema es cuando la República también se mete a languidecer bajo las cobijas.
La Suplente amaneció el viernes con tos y fiebre. Le dijeron los médicos que necesitaba reposo. Nada grave. Una gripe de esas que, según explicó ella misma, nos dan a todos. Uno se enferma hasta cuando tiene que dar la cara.
Tampoco podía saber todo lo que pasó mientras “se reponía”. En esta presidencia, La Suplente es la última en enterarse. No porque ella tenga mala voluntad. Es por los que se la tienen.
El Gobernador narcorreincidente decidió que 112 días de licencia estaban de más y que le urgía volver a gobernar Sinaloa. O usar su fuero, pues. No avisó a La Suplente. Tampoco creyó necesario consultar al movimiento que llevaba meses administrando su ausencia con sus noestasolologismos.
Fue una exoneración que se dio él mismo. Porque para eso es el mero jefe. O capo. O jefe, pues.
La noticia produjo uno de esos milagros que ya nunca jamás suceden en la política mexicana. Gobernadores, legisladores y dirigentes de Morena descubrieron, casualmente todos al mismo tiempo, que las ambiciones personales no pueden estar por encima del interés nacional. Jamás. Cómo se atreve.
El Gobernador Reincidente entendió la indirecta. Treinta y cuatro horas después volvió a pedir licencia indefinida. Pies para que los quiero.
Y ya casualmente repuesta, La Suplente contó el lunes que se había enterado de su regreso por redes sociales (o sea que si nos lee).
Antes los gobernadores pedían audiencia con el Presidente. Ahora el Ejecutivo/a se entera por las benditas redes sociales de quién gobierna un estado.
Mientras tanto, El Delfín volvía de Argentina, de una reunión organizada por la DEA. La propia Suplente había dudado en mandarlo. Los estadounidenses le avisaron que ellos no dudaban nadita.
Fue tan así, que en plena crisis sinaloense un exdirector de la DEA pidió públicamente al Delfín detener a El Gobernador Reincidente. Que ya no le haga caso a su corazoncito ni a su jefa.
Se lo pidió al Delfín. No a La Suplente. Esta vez más suplente que nunca.
Cosas básicas del organigrama.
Y todavía faltaba Enrique Inzunza. Presionado para dejar el cargo y enfrentar sin fuero las investigaciones que lo persiguen, encontró algo más cómodo. Dejó la bancada de Morena con un rollazo mareador. Se quedó con el escaño. Porque antes huye del partido que perder su jugosa dieta.
Porque sí existen las convicciones desechables. Y el fuero no es una de ellas. En campaña lo detestaban. Hoy se embarran de él.
Todo esto en apenas unos días. Un gobernador se fue y volvió y se fue otra vez, sin pedir permiso ni la primera vez ni la segunda, ni nunca. Un senador abandonó el partido sin abandonar su presupuesto y sus viáticos. El secretario de Seguridad coleccionó aplausos afuera y exigencias adentro, las cuales no le interesan en lo más mínimo. Y la Suplente tuvo que salir arrastrándose de la cama para recordarles a los suyos, con palabras barridas, que el poder es pasajero. Que el movimiento va primero. O segundo. Dependiendo el personaje.
Puede que el caldo de pollo sí sirviera. Porque la Suplente ya se recuperó.
Pero su autoridad, esa ya se encuentra en terapia intensiva…
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