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Información para decidir con libertad

La Escolta

“Se levanta en el mástil mi bandera…”

Yo tenía ocho años. Era febrero y era la primera vez que estaba en la escolta. También fue la última.

Nunca fui una alumna de excelencia que “mereciera” estar ahí. Y tampoco era algo que me preocupara demasiado. Pero siendo hija de dos multipremiados meritorios, hubo cierta presión familiar por lograrlo. Una vez lo logré. Con eso quizás todos entendieron que siendo realistas, jamás volvería a pasar.

Y no pasó.

Y sobreviví.

No desarrollé un trauma por no volver a cargar la bandera. Mis papás no demandaron a la escuela. No exigíeron que eliminaran la escolta porque mi promedio no alcanzaba. Entendí, con la sorprendente capacidad que tienen los niños para entender las cosas cuando los adultos no se empeñan en explicárselas demasiado, que había niños que sacaban mejores calificaciones que yo.

Ahora resulta que según la Transformación, aquello era y es peligrosísimo.

La Nueva Guía Operativa para la organización y funcionamiento de los servicios de educación básica 2025-2026 establece que la selección de las escoltas ya no deberá considerar calificaciones, características físicas, conducta o cualquier otro criterio excluyente.

Es decir, aquello que durante décadas fue un reconocimiento al desempeño escolar, ahora se “transformó” en una decisión arbitraria y traumática.

No han logrado políticas públicas que consigan que todos los niños tengan las mismas oportunidades, pero ya están trabajando para que ninguno tenga motivos para sentirse orgulloso de haberlas aprovechado.

Porque ese es el asunto de fondo. No la bandera ni quién marcha durante los honores de los lunes. Es esta extraña guerra del resentido Transformador contra cualquier mecanismo que distinga el mérito. La estúpida invención de que reconocer a quien hizo algo mejor constituye de alguna manera, una agresión contra quien no lo hizo.

La escolta no daba una beca. No garantizaba ir a la universidad. No aseguraba una dirección general en una empresa a los treinta años. Era apenas una manera bastante inocente de decir que esos seis alumnos se habían esforzado y por esa razón, en ese momento les tocaba el enorme honor de marchar. Todavía sentíamos un respeto enorme por los actos cívicos. Porque llevar la bandera era reconocer los valores que tenemos. No solo era por calificaciones. Era por mostrar un comportamiento ejemplar.

Pero si distinguir excluye, entonces tendrán que seguir avanzando hasta eliminar lo que cualquier alumno siempre anhela.

Adiós al cuadro de honor. Cuidado con las medallas de aprovechamiento. Habrá que revisar los concursos de oratoria y las olimpiadas de matemáticas. Los primeros lugares resultan particularmente sospechosos porque por definición, dejan a todos los demás en segundo lugar o peor. Quizás convenga eliminar también las calificaciones. Todos estupendos. Todos excepcionales. Todos exactamente iguales. Una generación entera criada para no distinguirse de nadie. Como ejército, todos parejos. Infancias y juventudes transformadoras y mediocres.

Hasta que salgan de la escuela.

Entonces descubrirán una cosa francamente desagradable. Que el mundo real siempre selecciona.

Las universidades seleccionan. Las becas seleccionan. Los empleos seleccionan. Las orquestas seleccionan. Los equipos deportivos seleccionan. Y hasta Morena selecciona candidatos, aunque ahí quizás el mérito académico no sea precisamente el criterio a seguir.

La igualdad de oportunidades es indispensable y democrática. La igualdad de resultados es otra cosa. Y confundir una con otra no vuelve más justo al sistema. Sólo vuelve incomprensible e innecesario el esfuerzo.

Quizás porque antes la escuela todavía enseñaba una lección que no venía en los libros. Que no siempre te toca. Que alguien puede hacerlo mejor que tú. Y que reconocerlo no te hace menos. Y que siempre puedes salir adelante.

Ahora hemos decidido ahorrarles esa terrible experiencia de enfrentarse a la vida.

No vaya a ser que además de matemáticas y español, los niños aprendan que el mérito tiene ventajas.

No vaya a ser que esos niños cuando sean adultos, vean lo peligroso que fue educarlos a todos como soldados del sistema y decidan rebelarse contra el. Porque nadie los motivó a esmerarse para la excelencia. Que nadie los ayudó a superar sus carencias académicas. Los metieron a todos en el mismo saco sin darles herramientas para después. Porque un sistema que deja de premiar el mérito no consigue que nadie se sienta menos. Consigue que ya no haya que esforzarse por nada. Consigue generaciones de adocenados, idénticas al gobierno que ahora mismo los educa…

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