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Información para decidir con libertad

El mapa

Durante siglos, los mapas fueron una forma de ejercer el poder. Quién los dibujaba decidía dónde empezaba un reino, quién mandaba en un imperio y qué territorios merecían siquiera aparecer en el papel. No retrataban únicamente el mundo conocido. También cartografiaban el poder.

Esta semana pensé en eso.

Porque Estados Unidos parece decidido a dibujar su propio mapa de México. Uno donde aparecen organizaciones, redes, nombres, sanciones, recompensas, visas revocadas e investigaciones. Un mapa político y criminal que se actualiza todos los días con una frecuencia que inquieta.

Y del otro lado está el mapa nacional. El que insiste en que la legalidad funciona, que no hay pruebas suficientes, que todo responde a intereses políticos o que la información simplemente no existe. El mapa que se autodibuja al mismo tiempo que se autosabotea, siempre negando su propio territorio.

Dos mapas. Un mismo país. Dos gobiernos con un limítrofe diferente.

Ya casi nadie discute cuál de los dos es correcto, porque la barda y la migra ahí están. Y es que el gobierno de La Suplente ya se acostumbró a vivir entre versiones incompatibles de la realidad. Cada anuncio proveniente de Washington abre una nueva discusión en su show matutino. No sobre los hechos, sino sobre quién tiene derecho a contarlos.

Ahí está lo raro. Para ella la disputa ya no parece ser por el territorio. Es por el relato del territorio.

Mientras un gobierno explica, matiza, se contradice y desestima, el otro agrega más nombres al mapa, como si fueran cordilleras. Ninguno reconoce la cartografía del otro. Y los ciudadanos terminamos caminando entre ambas, intentando adivinar cuál describe mejor el suelo (y la angustia) que pisamos.

Los mapas antiguos advertían acerca de los rincones desconocidos, hic sunt dracones. “Aquí hay dragones”. Era la manera elegante de admitir que nadie sabía realmente qué había más allá.

Tal vez deberían recuperar esa honestidad.

Porque cuando dos gobiernos necesitan mapas completamente distintos para explicar al mismo país, el problema ya no es quién dibuja mejor. El problema es que alguien dejó de mirar el territorio. Y nadie pelea por él. Sino por el derecho a dibujarlo…

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