Hace un par de días, Andy López Beltrán nos regaló un discurso que en la forma suena a sermón y en el fondo a cobardía. Digo cobardía porque soltó su perorata el mismo día de las elecciones de Estados Unidos y apenas 24 horas después de que estallaran las grabaciones del INE, sabiendo que nadie le prestaría demasiada atención. La nota sería el resultado de nuestro mayor socio comercial, y lo demás, ruido.
Repasemos el cuadro, que conviene. En el INE, árbitro de nuestras elecciones, Guadalupe Taddei dimitió el 25 de octubre tras una semana de reportajes sobre su cercanía con un proveedor del instituto. Después cayó una treintena de funcionarios, como fichas de dominó con credencial de elector. Y el 2 de noviembre Latinus difundió unas grabaciones donde, presuntamente, se discuten cifras y porcentajes de un contrato millonario. Taddei pide peritajes.
Al día siguiente, por la mañana, apareció Andy. Diez minutos de video para explicarnos que Jorge Amílcar Olán, el empresario tabasqueño señalado por contratos del sexenio de su padre, era poco menos que un conocido de las reuniones de exalumnos. Un señor que pasaba por ahí. Que hoy viva en Suiza, país célebre por su secreto bancario, será pura casualidad. Ni socios, ni prestanombres, ni tráfico de influencias. Todo negado, con la serenidad de quien ensayó el trámite.
Hay algo más. El sermón es tan paternalista, tan de dedo en alto y púlpito prestado, que uno juraría que lo escribió su padre. Allí está el viejo libreto familiar de la mafia del poder y la pureza moral frente a los conservadores, con olor a mañanera. Andy, se diría, no tiene la imaginación ni el talento para redactar una carta que no lleve el visto bueno paterno. Quizá me equivoque, ojalá. Pero, si el texto no es de papá, lo imita con devoción de monaguillo.
Lo mejor vino después. Cuando las preguntas incomodan, se ataca a quien las hace. Periodistas, empresarios, opositores: una conspiración de la mafia del poder, y él en el papel de pureza asediada. Pruebas de la conjura, cero. Documentos, tampoco. Pero ya se sabe que en esta política el sermón sustituye al expediente, y el perseguido siempre sale mejor en cámara.
Se dirá que nadie ha sido condenado, que la fiscalía niega investigaciones abiertas y que existe la presunción de inocencia. Cierto, pero ¿ante quién? Los jueces ahora se nombran por voto popular y la Suprema Corte tiene un claro apoyo al gobierno; la justicia ya no es imparcial. Así, la presunción de inocencia, para los amigos del poder, se parece peligrosamente a una presunción de impunidad. Que no haya expediente no prueba limpieza; prueba, a lo sumo, que nadie quiso abrirlo. Y una fiscalía que no ve nada donde la prensa ve tanto también tiene explicaciones que dar. Aquello del "no somos iguales" ha envejecido tal mal que suena chocante y despótico oír repetir esa frase tan vacía.
Mientras tanto, el hijo del expresidente busca una diputación federal por Tabasco, y la campaña, se ve, empezó por el micrófono.
Y así estamos. Un instituto con cuentas a lápiz, un heredero que da sermones sin papeles y una fiscalía que responde "no hay nada" sobre órdenes de aprehensión, con lo que cuesta no ver tanto. Todos inocentes, todos perseguidos y nadie con nada que explicar. Que hablen los contratos, si es que alguien se atreve a abrirlos. Aplaudamos, eso sí, el sermón con prisa y la cámara encendida mientras el vecino del norte cuenta votos. Valentía, ninguna. Pero qué talento para esconderse a plena luz.
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