Hay circos que se vienen abajo porque se rompe la carpa, y circos que se vienen abajo porque los payasos, hartos de fingir orden bajo la lona, se pelean delante del público. Eso ha ocurrido esta semana con la cuarta transformación: se les fue el número de las manos, y detrás del maquillaje no había más que el viejo truco del trapecio sin red.
Abramos con el hijo del domador. Andrés Manuel López Beltrán, ofendido porque le cancelaron la visa, escribe una carta a Trump exigiendo la cabeza de dos funcionarios del Departamento de Estado, con el aplomo de quien confunde el apellido con un pase de pista vitalicio. No es diplomacia, es berrinche de niño al que le quitaron el algodón de azúcar. Y lo peor no es la carta, sino las preguntas que deja: ¿la escribió solo o con ayuda de papá? ¿La vio la presidenta antes de salir al ruedo, o se enteró mirando el teléfono, como todo el público?
Y si eso fue el calentamiento, el plato fuerte lo puso Rocha Moya, con un sentido de la oportunidad que ya quisiera cualquier payaso de gira. Treinta y seis horas tardó en volver a la gubernatura y salir con el rabo entre las piernas, tras desafiar, sin permiso ni aviso, a quien dirige el espectáculo desde Palacio Nacional. Detrás del numerito no hay malabares inofensivos, hay sumario judicial: un exrector acribillado y trasladado como bulto incómodo, un montaje de asalto en gasolinera digno de guionista de tercera, y una corte de Nueva York que documenta secuestros de operadores electorales y amenazas de radio a una candidata obligada a alabar la 4T mientras retenían a su hermano como fianza de silencio. Esto no es número de feria. Esto es la trastienda de un poder que hace tiempo dejó de distinguir entre gobernar y domesticar fieras con el látigo del narco.
Lo revelador no es que Rocha Moya sea lo que es —ya nadie se asombra de ver al tigre morder al domador—, sino la soledad con que Sheinbaum descubrió su regreso, y la prisa con que la 4T sacrificó al payaso principal, antes que sostener la ilusión de orden. Algo se rompió ahí que ningún comunicado remendará. Y en las gradas, sin pedir boleto, Washington: la DEA, el caso Farías, las declaraciones sobre funcionarios coludidos con el narco. Ni la DEA ni el Departamento de Estado aplauden por caridad: cobran entrada, como siempre han cobrado los imperios ante un circo ajeno que se tambalea.¿Y la respuesta de la carpa ante todo esto? No la autocrítica —que sería pedir demasiado a quien vive del aplauso fácil—, sino la mordaza al público. Inventan un "ecosistema de amplificación digital" para culpar a periodistas y comentaristas de fabricar las caídas que ellos mismos protagonizan con su propia torpeza. Vieja treta de mal perdedor: cuando no se puede silbar al malabarista que se le cae todo, se acusa a quien mira desde las gradas de haber inventado el tropiezo.
Estos espectáculos no se derrumban de un tirón: se desarman función tras función, mientras el respetable, cada vez más aburrido, mira hacia la salida. Aquí hubo tres tropiezos en 15 días, con la misma coreografía: sorpresa fingida, redoble tardío, y un culpable que nunca es quien sostiene el látigo.
Recomendar Nota
