El discurso de Donald Trump ante la Asamblea General de la ONU pareció, a primera vista, elogiar a México, al mencionar una "muy buena relación" y "grandes avances" en la lucha contra los cárteles. Sin embargo, pocos minutos después, ese mismo podio sirvió para calificar al país vecino como un "territorio controlado por narcotraficantes" y exigirle que "recupere el control" de su territorio. Esta aparente contradicción no lo es tal; se trata de una táctica de negociación bien documentada en la que los elogios públicos sirven para suavizar una presión que, en privado, se mantiene intacta.
La respuesta del gobierno mexicano se ha mantenido constante desde 2024: repetir el mantra de "cooperación sin subordinación" cada vez que surge la amenaza —ya sea velada o abierta— de una intervención militar estadounidense. El problema de esta fórmula es que empieza a funcionar más como un recurso retórico que como una descripción de la política real. Los hechos contradicen la etiqueta: la militarización de la frontera norte responde a exigencias explícitas de Washington, la entrega de líderes de cárteles a Estados Unidos se ha vuelto rutinaria y el propio Trump ha podido jactarse —sin una réplica contundente desde Palacio Nacional— de designar a los cárteles como organizaciones terroristas y desplegar tropas para "eliminarlos".
Es cierto que la estrategia de seguridad de Sheinbaum —que ha derivado en más de 67 mil detenciones en menos de dos años— ha coincidido con una reducción significativa de los homicidios. Esa cifra es real y merece reconocimiento. No obstante, la eficacia interna no sustituye a la firmeza externa; un gobierno puede lograr buenos resultados en seguridad y, al mismo tiempo, no ofrecer una respuesta proporcional cuando es insultado en el escenario internacional. Ambos aspectos no son excluyentes entre sí, y su coexistencia es precisamente el problema.
El único momento en que México pareció romper con su guion defensivo fue cuando Sheinbaum señaló que el tráfico ilegal de armas estadounidenses hacia México explica en gran medida el poder de fuego de las organizaciones criminales. Es un argumento sólido y verificable, respaldado por datos. El hecho de que aparezca solo ocasionalmente, en lugar de constituir el pilar central de la respuesta mexicana, dice mucho sobre las prioridades actuales de la relación bilateral.
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