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Entre la xenofobia y el descontento: el auge de la AfD desafía los cimientos de la democracia alemana

El partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD, por sus siglas en alemán), fundado apenas en 2013, no ha dejado de crecer. En los últimos sondeos, la AfD encabeza las preferencias con cerca de 41% en Sajonia-Anhalt, muy por delante del 24% de la Unión Demócrata Cristiana (CDU), mientras el partido congrega a multitudes en actos encabezados por su candidato local, Ulrich Siegmund.

Su principal dirigente, Alice Weidel, ha declarado sin rubor alguno que, de llegar a conseguir una mayoría en las próximas elecciones federales, sacará a Alemania del euro y de la zona Schengen, restaurará el marco y las fronteras duras, y emprenderá una "reemigración" o repatriación forzosa de un millón y medio de sirios que obtuvieron refugio en Alemania bajo el gobierno de Angela Merkel. Bajo un eventual gobierno de la AfD, la posibilidad de que Alemania abandone la Unión Europea ya no luce remota ni descabellada.

El presidente alemán, Frank-Walter Steinmeier, ha rechazado rotundamente estas posturas etnonacionalistas, y ha subrayado que la Constitución alemana no reconoce "ciudadanos de primera o segunda clase" y que el pueblo alemán incluye también a quienes se han incorporado al país y han adquirido la nacionalidad.

Con todo, la AfD se ha visto beneficiada por una oleada de xenofobia que ha cundido fuertemente entre grandes sectores de la población alemana, atizada por recientes ataques perpetrados por individuos de filiación radical, lo que, no obstante, ha alimentado la estigmatización contra el colectivo musulmán en su conjunto.

Por otra parte, el desempeño declinante de la economía alemana bajo los gobiernos de coalición —encabezados por la CDU y los socialdemócratas del SPD— ha provocado un desgaste profundo en dichas fuerzas ante un electorado cada vez más desencantado. Esto ha impulsado no solo a la AfD, sino también a opciones de extrema izquierda como la Alianza Sahra Wagenknecht (BSW), las cuales comparten un tenaz euroescepticismo, simpatía indisimulada por la Rusia de Vladimir Putin, posturas restrictivas frente a la inmigración y un fuerte rechazo a las políticas ecológicas.

En realidad, la exclusión implícita en el cordón sanitario o muro cortafuegos impuesto a la AfD por los partidos del llamado arco constitucional —mediante el cual descartan cualquier tipo de coalición o colaboración con dicha fuerza— lejos de contenerla ha acabado por favorecerla. Tras las elecciones en el estado federado de Sajonia-Anhalt para renovar su parlamento regional, comicios programados para el 6 de septiembre en los que esta fuerza extremista podría obtener la mayoría por primera vez desde que se estableció la República Federal en 1949, surge una clara llamada de alerta sobre la necesidad de replantear la estrategia frente a su creciente desafío.

A partir de los resultados de esa jornada, el resto de los partidos leales a la Grundgesetz (Ley Fundamental) deberán evaluar si pueden mantener dicha estrategia o si se ha vuelto contraproducente, toda vez que la AfD ha jugado con éxito la carta de víctima de cara al electorado, argumentando que un sistema que la excluye del acceso al poder es antidemocrático. En este empeño por socavar el sistema político alemán, la formación ha contado con el respaldo de figuras internacionales como el magnate estadounidense Elon Musk y movimientos afines como el MAGA. Incluso, el propio Kremlin ha calificado públicamente a la AfD como una "esperanza para los alemanes", aplaudiendo su oposición a la inmigración y su rechazo a las sanciones contra Moscú.

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