El referéndum celebrado en julio de 2016, por el cual 51.9% del electorado británico decidió abandonar la Unión Europea, bloque al que había pertenecido desde 1973, es considerado por estudiosos y analistas como una de las decisiones más prejudiciales y autodestructivas del siglo XXI, porque fracturó la relación comercial del Reino Unido con su socio principal, redujo el crecimiento de su PIB entre un 4% y un 8%, hizo caer en picado la inversión empresarial y dio lugar a una profunda inestabilidad institucional, reflejada en la sucesión de siete gobiernos en apenas una década.
En efecto, el fin del mercado único impuso controles aduaneros, trámites y burocracia que encarecieron y entorpecieron las exportaciones e importaciones con Europa. La incertidumbre legal y comercial redujo de forma drástica la inversión de las empresas extranjeras y nacionales en comparación con otras economías avanzadas. La eliminación de la libre circulación cortó la llegada de mano de obra extranjera, afectando con severidad a sectores esenciales como la salud, la agricultura, la hostelería y el transporte.
En el desatino participaron, sin distinción, todas las fuerzas políticas británicas, desde los escépticos del UKIP, encabezados por Nigel Farage, hasta los conservadores y los laboristas, entonces dirigidos por Jeremy Corbyn, en una suerte de locura colectiva. Sólo los liberal-demócratas se opusieron tenaz y estérilmente a dar el salto al vacío.
El disparate evoca poderosamente la noción enunciada por la historiadora estadounidense Barbara Tuchman, en su clásico La marcha de la locura, donde analiza un gran enigma del poder: cómo y por qué los gobiernos y las naciones eligen hacer cosas que van en contra de sus propios intereses, a pesar de tener señales claras de que van directo al desastre.
El libro muestra cómo la soberbia y la falta de juicio destruyen a los líderes. Para ilustrar su tesis se vale de cuatro ejemplos: los troyanos, al ignorar las advertencias y dejar entrar el caballo de madera a su ciudad, causaron su propia ruina; los papas renacentistas, al desestimar las críticas y peticiones de cambio, precipitaron la reforma protestante; el rey Jorge III, al persistir en la querella y el maltrato de los colonos en lugar de buscar acuerdos, acabo perdiendo las 13 colonias norteamericanas; el gobierno estadounidense al seguir enviando soldados a Vietnam, a una guerra que sabían que no podían ganar, solo por miedo a verse débiles, acabaron siendo derrotados de modo humillante.
Ahora, Andy Burnham, nuevo primer ministro y líder del Partido Laborista ha expresado su voluntad de revertir la tropelía, sancionada y refrendada por seis de los siete gobiernos que lo antecedieron. Las encuestas muestran que una mayoría de la población considera que el Brexit fue un error y apoyaría un posible reingreso o Breturn. Las principales figuras de la UE, incluida la dirección de la Comisión Europea, han expresado su disposición a que el Reino Unido se reincorpore al bloque en algún momento.
No obstante, el camino de regreso no está exento de escollos. Farage y su Reform Party mantienen su rechazo empecinado a cualquier tipo de rectificación o marcha atrás. En esa obstinación lo acompañan muchos tories y laboristas que mantienen intacto su euroescepticismo, pese a las contundentes evidencias que muestran el fracaso que supuso esa decisión.
Por lo demás, la admisión requeriría una solicitud formal y la aprobación unánime de todos los Estados miembros. Las condiciones de reingreso se regirían por las normas de ampliación habituales, en lugar de restablecer las exenciones especiales anteriores, como las del euro o el espacio Schengen.
Recomendar Nota
