La invasión a gran escala que Rusia emprendió contra Ucrania el 24 de febrero de 2022 —agresión que el Kremlin calculó originalmente como una campaña relámpago de apenas 72 horas para tomar Kiev— se ha prolongado ya por cuatro años y medio, superando en duración incluso a la Primera Guerra Mundial.
Ucrania, bajo el liderazgo tenaz de Volodímir Zelenski, se ha revelado como un auténtico David frente a Goliat, capaz no solo de resistir los embates rusos, sino de infligir ataques demoledores sobre el propio territorio ruso, incluida Moscú, mediante el uso inteligente y eficaz de drones. En tanto, Rusia, temida hasta hace poco como una potencia militar invencible, ha sido exhibida como un gigante con pies de barro.
La guerra, lejos de amainar, se ha recrudecido. El último mes del conflicto se ha caracterizado por un intenso desgaste aéreo y un estancamiento en el frente terrestre. Aunque las fuerzas de Moscú mantienen una presión constante sobre el este, sus avances territoriales se han ralentizado drásticamente. El ritmo de progresión ruso sobre el Donbás ha decaído a un nivel diario mínimo, lo que ha dificultado que el alto mando ruso cumpla su meta de capturar la totalidad de la región de Donetsk a corto plazo.
El número de bajas sufridas por el Ejército ruso, de por sí considerable, se incrementó en julio pasado de manera pavorosa. Diversas fuentes especializadas calculan que, solo durante ese mes de 2026, las Fuerzas Armadas rusas sufrieron aproximadamente 42 mil 860 bajas —entre muertos y heridos—, una de las cifras mensuales más altas para Moscú desde principios de 2025.
Por su parte, Ucrania ha intensificado con éxito notable sus ataques de largo alcance contra la infraestructura logística e industrial rusa: almacenes de suministros, refinerías y nudos energéticos, lo que ha desgastado significativamente la capacidad bélica del Kremlin. Asimismo, Kiev reportó operaciones locales de contención y la recuperación de una veintena de pequeñas localidades en el eje del sureste, evidenciando una sorprendente capacidad táctica de contraofensiva. Además, Ucrania golpeó el puerto ruso de Novorosíisk, en el mar Negro, dañando buques de guerra y obligando a detener temporalmente las operaciones en terminales de grano y energía.
No obstante, Rusia ha respondido incrementando de manera letal e indiscriminada sus ataques contra objetivos civiles. Mediante una intensa campaña de bombardeos con misiles balísticos y drones, Moscú ha golpeado centros urbanos e infraestructura crítica, agravando el déficit de interceptores de defensa aérea que de por sí padecían las ciudades ucranianas. Estos ataques dejaron, al menos, 437 civiles muertos y 2 mil 610 heridos —un total de más de 3 mil bajas civiles—, la cifra mensual más alta registrada por la Misión de Observación de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas (HRMMU) desde el inicio de la invasión. En lo que va de agosto de 2026, a dicha cifra se han sumado decenas de víctimas adicionales por el recrudecimiento bombardeos continuos e inmisericordes.
El conflicto parece empantanado; no hay visos de una solución pacífica, de un alto al fuego ni de una victoria militar clara para ninguno de los bandos en disputa, en lo que ya es la guerra más sangrienta y prolongada en territorio europeo desde 1945. Ambas naciones preparan sus estrategias de cara al invierno que se avecina, anticipando nuevas oleadas de ataques contra la red eléctrica y los recursos de calefacción urbana. Todo ello sin contar el exorbitante costo económico que la guerra ha supuesto para los dos países.
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