Decía Vicente que era el libro más difícil que había escrito, aunque sólo tuviese 122 páginas en formato pequeño. Aunque aludiese también con ese nombre (La Invencible), a una cantina en San Ángel, indudablemente se refería con el mismo a aquella circunstancia que termina con la vida de cada ser humano. Fallecido el martes pasado, en sus 72 años acumuló premios, distinciones y honores; se desempeñó eficazmente en puestos de la administración federal y particularmente en la UNAM; fue un distinguido profesor-investigador en la UAM y en la UNAM. También fue titular de numerosas cátedras sobre figuras de la literatura mundial en instituciones de México y el mundo. Detallar todo eso sería reiterar lo que antier, en La Aurora se expuso brillantemente (R. Macías, 11 de agosto). Aquí sólo ofreceré algunas pinceladas de su trayectoria personal, su obra (materializada en más de 60 libros de poesía, teatro, ensayo) y, sobre todo, a uno de ellos: La Invencible.
Buena parte de la obra de Vicente está teñida por un profundo abatimiento y melancolía. A partir de su adolescencia, el suicidio de su padre (el ameritado universitario, el doctor Don Martín) quedó como fermento que inevitablemente matizó buena parte de sus textos de veinteañero. Pero no de manera cabal, ya que aún “no tenía las armas científicas para entender ese padecimiento (una depresión clínica) . . . una enfermedad del alma”.
Más tarde, en sus cuarentas, recibió un nuevo golpe: el suicidio de Ignacio, su hermano. Cuando Vicente llegó a los 56 acudió a un ritual, una catarsis. En el día exacto de la misma edad de la muerte de su padre, recorrió los espacios de la UNAM que su progenitor había habitado e iluminado, examinó el sitio exacto del fatal acontecimiento y conversó con el testigo presencial del hecho. Al final, fue a La Invencible (ese pequeño espacio de libación y carcajadas, frecuentemente asistido por los “diableros” del mercado de San Ángel y, por excepción en los septiembres de cada año, por algunos alumnos del ITAM interesados en conocer esa vida, sin volver nunca más a aparecerse por ahí), a esa cantina de San Ángel que se niega a morir, y a la cual Don Martín acudía de vez en cuando.
Como lo reconoció en su momento (E. Montaño, La Jornada 10 de febrero, 2013), La Invencible como libro fue, de modo simbólico, su testamento literario. Publicado en 2013 y con dificultad de la crítica para encuadrarlo en un género literario específico, el libro refleja aspectos biográficos de su padre y de él mismo. Una declaración que seguramente resume la esencia de lo que lo impulsó a escribirlo: “Somos la extensión de aquellos que nos dieron vida, pero también de quienes nos mostraron un sendero. Cuando ellos parten siguen existiendo, de algún modo, en nuestras búsquedas y convicciones . . .” (Cuarta de forros, edición Joaquín Mortiz).
En este martes funesto en que llega la noticia, lo evoqué en la UAM (Unidad Azcapotzalco 1982-1989), institución en la cual se desempeñó como profesor-investigador y donde pulió en buena medida las armas literarias que la familia y la UNAM ya le habían proporcionado. También lo recordé en su primera juventud, allá por los años 76-80, en aquellas insólitas tertulias encabezadas por Rubén Bonifaz Nuño (merendando alegremente en el Rincón de la Lechuza), ese gran poeta y maestro, rodeado de media docena de las promesas literarias que más tarde obtuvieron -hasta ahora- dos Premios Nacionales de Artes y Literatura, el máximo galardón mexicano.
En un encuentro fortuito en algún aeropuerto (¿León …Veracruz?) aprovechamos el tiempo para hablar de La Invencible, en lo literario y en lo cantinesco. Así lo recuerdo en esta hora.
Recomendar Nota
