Nada grande en el mundo se ha logrado jamás sin pasión
Hegel
El 3 de junio de 1962, con un precario dominio de la razón futbolística, el adolescente aquél abandonó las canchas del provinciano club de tenis para seguir en su pequeñísimo radio los últimos minutos del juego entre España y México. El destino, o el dedo de Dios, le había deparado a Nacho Trelles y sus muchachos “bailar” con los más feos. El primer partido fue contra Brasil: un 2-0 adverso le dio al conjunto un primer baño de realidad. En el segundo, contra España, México tuvo dos o tres posibilidades de gol, pero nada; el empate parecía un acto de justicia, según lo reiteraba el narrador. El adolescente vivía esos últimos momentos emocionado, con una mezcla de ansiedad y temor. Cuando el tiempo de compensación llegaba a su fin, después del minuto 90, apareció el gol español: 1-0. Prevalecía el maleficio que había empezado en 1930, en el Mundial de Uruguay (tres partidos, tres derrotas; 4 goles a favor y 11 en contra).
Ya sin oportunidad alguna dentro del grupo clasificatorio, porque no tenía puntos, se enfrentó a Checoslovaquia, equipo que estaba calificado. Con goles de Isidoro, Del Águila y Hernández, México se imponía: 3 a 1. El radiecito vibró con mayor intensidad, aunque ya era tarde. Cabizbajo volvió el equipo a México, pero sorpresa: una cierta alegría surgió 14 días después, cuando la final, en ese estadio de Santiago de Chile (que nueve años más tarde albergó a miles de presos políticos debido al golpe de Pinochet) fue ganada por Brasil con un 3-1 en contra de Checoslovaquia. El mal fario del equipo Azteca: pierde, con cierto decoro, ante el campeón del mundo, y le gana por dos goles de diferencia al subcampeón. A su manera, Trelles y sus muchachos se reivindicaban parcialmente; la mala suerte los había colocado en el que, desde el inicio, había sido el “grupo de la muerte”.
El joven aquél fue creciendo, pero el juego contra España le había dejado una marca indeleble. No entusiasmarse mucho fue la palabra de orden impuesta a la razón, refrenando, lo más posible, los relinchos del corazón. Y así fueron pasando los mundiales, 66, 70, 74 . . . hasta que llegó 2002. Este último pareció, desde las dos etapas clasificatorias, de terror. En la primera de ellas (con Trinidad y Tobago, Canadá y Panamá), México padeció varios sustos, pero calificó en segundo sitio para la siguiente fase. En esta segunda y etapa final clasificatoria (con Costa Rica, Estados Unidos, Honduras, Jamaica y Trinidad y Tobago) la catástrofe parecía haber sentado sus reales en los primeros cinco juegos: un triunfo, un empate y tres perdidos. Entre ellos el vejamen: fue derrotado en casa por Honduras con un 3 a 1. El término quedó para la historiografía futbolística de América Latina y el Caribe: “el aztecazo”.
Sólo se habían obtenido cuatro puntos. Inevitablemente aparece un nuevo entrenador. Para calificar no debían perder un solo partido en los cinco cotejos de vuelta, y así se hizo: México gana cuatro juegos, empata uno y, en su casa, se venga de Honduras con un placentero 3 a 0. Resultado final: 13 puntos en esa segunda vuelta, segundo lugar y clasificado para el Mundial de Corea-Japón, aunque a seis puntos de distancia de Costa Rica y dejando a Estados Unidos en tercer sitio, con el cual había perdido en la primera vuelta, con un 2 a 0.
¿Cuál había sido el secreto, quién había sido el mago?
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