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T-MEC: en vísperas

El proceso formal para la revisión del T-MEC iniciará el 1 de julio. Para esta fecha deberán haber concluido las sesiones técnicas previas que, desde el 16 de marzo, se echaron a andar en Washington por parte de los tres países. La presencia en estos días de tres altas autoridades del vecino país, las cuales se reunirán con la presidenta Sheinbaum, incrementará el ambiente de tensión que se respira en la esfera gubernamental y en ciertas entidades del país. Lo económico o comercial aparece envuelto, inevitablemente, en un clima de relación binacional que se ha deteriorado en gran medida en las últimas semanas.

Aunque las dos primeras autoridades, Markwayne Mullin (secretario del Departamento de Seguridad Nacional) y Sara Carter (titular de la Oficina de Control de Drogas) desarrollan funciones bien definidas, estas, no obstante, se inscriben en esa relación conflictiva de los últimos tiempos. La tercera autoridad, Jamieson Greer (representante comercial y negociador principal del tratado), se entrevistará el próximo miércoles 29. Seguramente lo hará en una atmósfera impregnada por los resultados de los dos primeros encuentros. Para los fines estrictamente comerciales, quizá se avance en despejar la incógnita sobre la posición que asumirán ambos gobiernos el 1 de julio: ampliación del T-MEC por 16 años o una revisión anual del tratado.

En función de lo anterior, habría que decir que el TLC (1994) cambió radicalmente la faz productiva y económica de México. El tratado, criticado originalmente por varios sectores y grupos políticos, en este momento buena parte de aquellos críticos (ahora con diversas posiciones dentro del oficialismo) pugnan vigorosamente por su continuación ya convertido en T-MEC. El México de Salinas aspiraba a asociarse comercialmente con EU, del primer Bush. Parecía una osadía gubernamental. Una economía como la nuestra, 14 veces menor que la de Estados Unidos, y dos y media más pequeña que la de Canadá, daba la imagen de lo que parecía un imposible.

De esas proporciones tan desequilibradas se derivaban muchas más en el terreno económico y social. Aquí se incluyen tres de los indicadores más relevantes, vigentes en las fechas previas a 1994 y en 2026:

  • PIB. En 1994, las cantidades sumaban 7.38 billones de dólares, 580 mil millones y 553 mil millones, para Estados Unidos, Canadá y México, respectivamente (ese orden se conserva en todos los puntos siguientes). En 2025, las cifras se habían elevado a 30.8, 2.5 y 1.8 billones.
  • Intercambio. Las exportaciones e importaciones entre EU y México, en 1990, significaron, recíprocamente, 30 mil millones para nuestro país y 28 mil para EU. Para 2025, el comercio entre ambos países alcanzó un total de 873 mil millones de dólares: México exportó 535 mil e importó 338 mil. Un significativo (y peligroso, en términos trumpianos) superávit de casi 200 mil millones.
  • Fuerza de trabajo calificada. El capital humano, con estudios de educación superior, ascendía, en 1990, a 36, 36, y 5.3%. Con datos del primer trimestre de 2026, las proporciones son: 50, 63, y 22%. Este último porcentaje, perteneciente a México, se adiciona con las personas que, con diversa escolaridad, tienen la calidad de técnicos. El conjunto se sitúa en 9.8 millones (Banco Mundial).

Lo expuesto, aunque sólo sea como un “botón de muestra”, permite constatar las diferencias esenciales que separaban a México de sus futuros socios. 32 años después se vive una realidad diferente: a) un crecimiento de dimensión en el PIB, pero manteniéndose proporciones similares; b) un enorme incremento por parte de México en el intercambio con EU, y c) un crecimiento notable para nuestro país en la fuerza de trabajo calificada.

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