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POESÍA: Suave es la duda (Sobre "Montaigne, etc." de Isabel Zapata)

Pedro Derrant

En México, el deporte nacional es llegar tarde a todo. También en cuestiones de arte nos demoramos más de lo conveniente: encontramos nuestro romanticismo con varias décadas de atraso y luego, cuando el resto de Latinoamérica estaba sumergida en las más emocionantes vanguardias que vio el mundo, nosotros escribíamos poemas (radiográficos, sí, pero) en alejandrinos. Ni siquiera supimos estar a tiempo con el monólogo dramático. Pasaron 152 años desde que Alfred Lord Tennyson publicara su Ulysses (1842) para que en nuestro país alguien naturalizara con éxito ese tono y un libro como Moneda de tres caras (1994), de Francisco Hernández, viera la luz. 

Pero quizás en ese ritmo (desacompasado de ambos: del Norte y Sur global) se esconda la personalidad de nuestra poesía: una mezcla anacrónica de materiales, que en otros horizontes ya han sido asimilados, desechados incluso, pero que para nosotros aún deparan una sorpresa. Moneda de tres caras es un Tennyson atravesado por las aventuras del expresionismo y algo del neobarroco; Montaigne, etc. (2025), de Isabel Zapata, tiene también su origen en el monólogo dramático, pero en él hay una aleación peculiar con la autoficción norteamericana (a la Maggie Nelson) y con la atención por lo cotidiano de cierta poesía argentina reciente. 

El resultado es el retrato de un personaje (Montaigne) a muchas voces (etc.), a través de textos que oscilan entre la poesía rimada, el verso blanco, el verso libre, el poema en prosa y la prosa narrativa. La tensión central —el drama de los monólogos— es nuestra incapacidad, al parecer innata, de alcanzar al otro. Pero Isabel Zapata no se conforma con enunciar el tema y ya, sino que lo proyecta sobre tres espejos que los trasmutan y les quita el convencionalismo. Montaigne no alcanza a los otros porque su lengua se lo impide; Montaigne no alcanza a los otros porque su sistema (irracional) está dislocado del que le exige su tiempo (racional); Montaigne no alcanza a los otros, finalmente, porque la pura noción de que existe otro fuera de uno, que lo percibe, ya es ridícula. “Nadie quiere ser otro, porque ojo: / siempre lo somos. Somos troncos: / los menos parecidos a nosotros”, le responde a Montaigne un indio tupinambá que entrevistó en Rouen en 1562, pero que, según Isabel Zapata, tuvo que ser un invento del propio Michel.

Poco a poco, la imagen que Zapata constituye es la de un hombre que se ha encerrado en una torre no porque con ello se aisle del mundo, sino tal vez como testimonio de que siempre ha experimentado el mundo como un exilio: en su propia lengua, en su propia racionalidad, en su propia identidad que se desenfoca. No es una sorpresa que los mejores poemas del libro sean aquellos escritos desde ese triple punto de vista enrarecido: en los que el lenguaje se declara insuficiente, la racionalidad se suspende y el yo se difumina:

La gata se hace vieja [fragmentos]

[…]
Pero tú dices todo sin decirlo.
Me miras y conoces las respuestas.
Podemos acostarnos donde sea,
hacer nido con vista a la montaña
y escondernos de la filosofía.
Hermoso es el silencio entre nosotros,
hermosa nuestra forma
de exponernos en la dicha
común de lo presente.
Las arañas regalan su tejido.
Organizan exequias las hormigas.
Cambia el pulpo de color
cambia de forma.
No habrase visto nunca un elefante
traicionar a sus tropas y quebrarlas
con la violencia de nuestros soldados.
Meditan sin querer: alzan las trompas
con ojos fijos hacia el sol naciente
sin dios y sin metáfora y sin prisa. 
[…]
Me temo que volví a perder el hilo
Ahí voy de nuevo:
el piojo interrumpió una dictadura
y hay futuro en el vuelo de las aves.
[…]
Sin escamas ni plumas que me cubran
ando desnudo en la desnuda tierra
desnudo me he mostrado en lo que escribo
denudo moriré y no me acostumbro
al peso entumecido de mis muslos.
[…]
Eres bella no sirves para nada.
Entregas sin dudar
lo que no tienes, sabes
qué hacer con mi alegría.
Anoche tuve un sueño muy extraño
Andabas muy campante por las viñas
como rejuvenecida.
Qué envidia me dio entonces tu pelaje.
Para ti, el desorden de mi espíritu
el lado más flexible de mi alma
mi cuerpo libre y suelto
la brisa del verano
y sus perfumes.
[…]

Ni siquiera la prosodia clásica (este poema en particular, pero casi todo el libro está afinado en endecasílabos blancos, si bien por momentos se permite la variación) sofoca el espíritu magníficamente disparatado del poema. El lenguaje es insuficiente y entonces se debe predicar consigo mismo (“ando desnudo en la desnuda tierra”), los monumentos racionales nos distraen de la maravilla del mundo y por eso los hacemos a un lado (“hacer nido con vista a la montaña / y escondernos de la filosofía”), y, como no queda del todo claro dónde empieza uno y termina el otro, nos entregamos en todo nuestro alboroto (“para ti, el desorden de mi espíritu / el lado más flexible de mi alma”). Sumida en esa tibieza irracional, “sin dios y sin metáfora y sin prisa”, la poesía de Isabel Zapata da sus mejores frutos.

Pero lo contrario también es cierto. Hay momentos en que el libro cede —acaso porque sus materiales provienen también de la novela y el ensayo líricos— a la seducción de la narratividad. Y, cuando el poema claudica al impulso de reseñar una historia entra en la fría región de lo apolíneo: la razón subyuga a la lengua y entonces aparece un firmísimo y estorboso yo. Entonces, sentimos que la emoción que nos produce el libro zozobra en un golfo de certidumbres:

París, verano de 1588

diario de Marie
¡Recibí una carta de Michel! Así le llamo ahora: Michel. Accedió a conocerme y llegó puntual. Empecé por contarle que mi madre cree que su libro me está volviendo loca, a ver cómo reaccionaba. O no me escuchó o le dio igual, porque siguió preguntándome sobre mis lecturas como si nada, y antes de despedirnos hasta me propuso tomarme como hija adoptiva. ¿O fui yo la que se lo pedí? No importa, el punto es que no se encuentra bien de salud y el viaje de regreso a casa le resulta por ahora demasiado largo, de modo que le ofrecí los aposentos de mi padre en Picardía, ¡y aceptó! Le gustó la idea de pasar un tiempo aislado, como cuando estaba en la torre, y más le gustó que yo entienda latín y pueda ayudarlo con la revisión de los ensayos. Mi madre ya tiene prisa de marcharse a preparar todo para recibirlo. ¡Un señor de la realeza en nuestra casa!

También se advierte una derrota de la poética enrarecida (la que mejor le sale a Isabel Zapata) cuando se impone rigores formales como la rima y una estrofa regular:

Cardumen

                                                                                                   De las seis hijas que tuvieron Michel y
                                                                                                         Françoise, cinco murieron antes de                                                                                                                       cumplir los tres meses de edad.
He intentado olvidarlas, no he podido.
Da igual si fueron cinco o fueron siete,
en fantasmas bebé se han convertido.
¿Vendrás a visitarnos más seguido?
Cabalgan en preguntas, son jinetes.
He intentado olvidarlas, no he podido.
Te ves triste, papá. Arrepentido.
No hay alivio posible, no hay destete.
En fantasmas bebé se han convertido.
Sus aullidos me tienen aturdido.
Me persiguen en sueños sus chupetes.
He intentado olvidarlas, no he podido.
Cuando nadie las ve construyen nidos
de sí mismos con huesos de juguete.
En fantasmas bebé se han convertido.
La sangre llama y tengo mal oído.
Mi propia herencia contra mí arremete.
He intentado olvidarlas, no he podido.
En fantasmas bebé se han convertido.

Me costó trabajo entender por qué una poeta que demuestra un dominio tan pleno del endecasílabo, que en sus composiciones más libres adquiere una flexibilidad envidiable y juguetona (“Perdí palabras en latín: errata / lapsus, mortis causa, grosso modo. / Me arrebató la furia del silencio / las flautas y violines de mi infancia.”), en un poema como “Cardumen” se sentía tan rígida. La variedad rítmica del poema es casi nula, el abuso del ritornello lo vuelve machacón y las rimas entre participios parecen sacadas de los ejercicios de un principiante. Sólo consigo entender este tropiezo —al lado de magníficos poemas como “Visita guiada”, “Meditación” o “La gata se hace vieja”— como el reverso fallido de una poética exitosa. 

El problema estriba, creo yo, en que Isabel Zapata, para crear Montaigne, etc., tomó recursos de la poesía y de la novela, pero no distinguió bien cuáles convenían más a este libro. En los momentos en que se somete al latido más irracional de sus materiales creativos (un verso elástico, que no quiere contar sino cantar la historia, que mezcla el yo-el-tú-el-nosotros), triunfa; pero cuando se impone la rigidez (de la rima, de la regularidad, de la repetición), algo falla. Aparece una luz que destierra los misterios y vuelve demasiado comprensible, menos rico en sugerencias, al poema. 

Al final del libro, como si él mismo se lo reclamara a su creadora, el propio Michel de Montaigne le señala la ruta:

Sentí la geografía de un cuerpo ajeno
y conocí de viejo el accidente
del amor renovado.
Pero la duda
es lo más suave
que toqué.
La duda es lo más suave que toqué.
Díganle a quien pregunte, por favor,
que ésas fueron mis últimas palabras.

Le pedimos a Isabel Zapata que escuché su propia voz que se desdobla: su mejor poesía está hecha de la suavidad de esa duda.

*Pedro Derrant. Poeta y ensayista. Publicó la colección de poemas Catábasis (Summa, 2023). Ha colaborado con Revista de la UniversidadParaíso. Revista de poesíaTierra Adentro y Ærea.
@pedro_derrant

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