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Multiplicidad y diversidad de las izquierdas en México

Un recorrido por la evolución de las izquierdas mexicanas, desde el PCM y la coyuntura de 1988 hasta el surgimiento de MORENA. El texto examina sus procesos de unidad, fractura y transformación, así como el regreso del Estado y la soberanía al centro de su proyecto político.

Jaime Ortega

En México, la acepción de “izquierdas” apareció de manera frecuente a partir de la segunda mitad del siglo XX. Antes de esa época, el conjunto de grupos y partidos en cuestión solía referirse a sí mismo como “comunista”, “socialista” o “revolucionario”. Salvo algunas pocas excepciones, era poca la frecuencia del vocablo “izquierdas”. 

Después de la década de 1960, el término comenzó a convivir con los ya mencionados, conformándose un corpus de siglas que daba vida a una corriente política que se consideraba fragmentada. Las izquierdas mexicanas venían de talantes nacional-populares (herederas del cardenismo), comunistas (incluyendo al Partido Comunista Mexicano [PCM]), socialistas o democráticos. Este crisol de posicionamientos, que iba desde pequeños grupos hasta partidos con cierta estructura territorial, comenzó a estrecharse con el declinamiento del siglo.

Fue en el año de 1981, cuando el PCM dio un paso inédito en la región latinoamericana —y quizá también en el resto del mundo— con su autodisolución. El PCM había logrado conquistar una rica concepción democrática, que entendía como premisa constitutiva del socialismo; esta postura fue adoptada en su XIX Congreso, el de mayor profundidad en el diseño de dicho programa, que incluía desde una postura a favor del aborto y una marcada preocupación por la niñez, hasta una posición de pluralidad étnica y, por supuesto, la noción de que la democracia debía ser no sólo un sistema electoral, sino un modo de vida.

A partir de entonces, la unidad lograda por el PCM con otras organizaciones borró la noción de “comunista” del mercado político, al fusionarse con otras asociaciones de diversa índole. Así nació el Partido Socialista Unificado de México. Alrededor de éste siguieron gravitando algunas otras y muy distintas organizaciones, ya fuera por su doctrinarismo político (el trotskismo, por ejemplo) o por su su liderazgo carismático (el Partido Mexicano de los Trabajadores de Heberto Castillo), bajo la premisa de que sólo la unidad podía hacer de la izquierda, en tanto fuerza política, una verdadera alternativa para la sociedad. 

Tras otros esfuerzos por alcanzar la unidad, apareció el Partido Mexicano Socialista (PMS). De corte nacionalista, la nueva conformación política desplazaba la hoz y el martillo como símbolo de las izquierdas, si bien todavía preservaba la idea de construir un “socialismo a la mexicana”. El PMS rehabilitaba la vigencia de los postulados de la Revolución Mexicana, entonces amenazados por el proyecto neoliberal del presidente Miguel de la Madrid, al tiempo que se alejaba de cualquier visión de los modelos socialistas externos.

En 1988, el PMS fue el primer partido que tuvo una contienda interna para elegir a su abanderado presidencial, algo por entonces inédito en el país. Bajo un programa nacionalista, el joven partido se lanzó en campaña para oponerse al Partido Revolucionario Institucional (PRI) con la postulación de Heberto Castillo. La contienda, sin embargo, se vio sacudida por la aparición de una opción política que nadie previó como la más poderosa por su arrastre social: la de Cuauhtémoc Cárdenas.

El hijo del general Cárdenas irrumpió en el escenario y se colocó como el adversario que podía derrotar al PRI. Amparado por conformaciones políticas de dudosa procedencia ideológica, como el extinto Partido Auténtico de la Revolución Mexicana, Cárdenas se convirtió en un imán: otros partidos se sumaron a la campaña, pero, sobre todo, la convergencia electoral encontró a la sociedad mexicana, motivada por la posibilidad de derrotar al PRI, como el gran actor de los primeros meses de 1988. La campaña de Cárdenas fue electrizante, reduciendo a los partidos a meros membretes que eran desbordados por el entusiasmo popular que concitaba. Cuando el candidato visitaba un pueblo, los habitantes se apostaban por horas en la carretera para recibirlo y acompañarlo. Otras veces lo obligaban a bajar del automóvil e improvisar discursos. 

Dos grandes eventos sacudieron definitivamente aquella campaña: por un lado, el mítin en la zona de La Laguna, donde la memoria de la reforma agraria cardenista de los años treinta aún era latente y el apellido Cárdenas evocaba la posibilidad de un cambio en la vida económica; por el otro, la concentración en Ciudad Universitaria, que abrió el espacio para un gran diálogo social, en donde se encontraba el movimiento estudiantil, pero también la presencia del creciente Movimiento Urbano Popular. Ambos encuentros mostraron el cobijo de distintos grupos sociales a una candidatura que se presentaba como la alternativa real para un cambio democrático que enfatizaba las demandas de las clases populares. Al PMS no le quedó de otra que aceptar la candidatura del michoacano y, en un signo de madurez política, el también ingeniero Castillo declinó su candidatura a favor de Cárdenas.

Más allá del resultado adverso de la elección presidencial y los señalamientos de un gran fraude electoral, el 88 —nombre con el que se vino a conocer después dicha coyuntura— significó un gran cambio para las izquierdas. Este cambio, además, se reforzó por los sucesos ocurridos paralelamente en la Unión Soviética y el “mundo socialista”. En una sincronía poco común, la izquierda mexicana se agrupó en una nueva organización con banderas democráticas y abandonó definitivamente el socialismo cuando éste iba a pique a nivel mundial. El nacimiento del Partido de la Revolución Democrática (PRD) significó una ruptura en la cultura de la militancia de izquierda, pues ésta pasó de organizar sindicatos o repartir periódicos políticos a un nuevo escenario donde lo más importante era contar con credenciales para poder sufragar o bien poder cuidar todas las casillas en una elección. El PRD sobrevivió entre un liderazgo personal asociado a Cárdenas y una estructura territorial que se disputaba cada espacio de representación entre un sinnúmero de corrientes, dejando los grandes ideales como mero adorno. 

La izquierda dio un paso fundamental al unificarse en una gran organización, sin embargo, también tuvo pérdidas. Al concentrarse en el escenario puramente electoral, se bifurcó y se amparó bajo lo que serían sus dos nuevos paradigmas a partir de 1990: por un lado, la estela nacional-revolucionaria, heredera del programa histórico de la revolución mexicana, en donde el Estado era la palanca para lograr los cambios en la sociedad; y, por otro, un sector que colocó su crítica en la figura del Estado y optó por una organización de tipo “autonomista”, especialmente fuerte después de la emergencia del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. 

El cisma de 1988 dejó unificada a una buena porción de la izquierda mexicana con un sector de la élite política desplazada por el neoliberalismo. En tanto, el resto de esa corriente ideológica abandonó la perspectiva electoral y volvió irreductible la diferencia con su contraparte. Una izquierda, con dos caminos, de forma paralela, que jamás se han vuelto a juntar. Las elecciones del año 2000 y 2006 contribuyeron a ampliar la brecha entre ambos proyectos, pues su expresión partidista se comprometió exclusivamente con la dinámica electoral. La disputa por candidaturas y puestos de poder generó fisuras que no se han podido superar. 

El carisma de Andrés Manuel López Obrador tensionó la vida del PRD. Un sector del partido prefirió acomodarse dentro de la gestión neoliberal, mediante un reparto de espacios de poder con las fuerzas políticas del PRI y del Partido Acción Nacional. Al contrario, López Obrador denunció durante 12 años y tres elecciones presidenciales el consenso neoliberal. Rehabilitó así el paradigma nacional-revolucionario, que consideraba que el Estado y el poder político eran la pieza clave del cambio social. 

La emergencia del Movimiento de Regeneración Nacional aconteció cuando comenzaba a agotarse en el mundo el paradigma neoliberal, sobre todo en lo que respecta a la idea de un mercado totalmente abierto. El triunfo de López Obrador en 2018 significó la llegada de una élite política vinculada a las izquierdas históricas (estudiantiles, socialistas y comunistas) en una gran alianza con otras variedades ideológicas. Coincidió con el quiebre del mundo “globalizado” y con los llamados a restablecer las capacidades de gestión del Estado. El tiempo de la disputa por la soberanía —ausente en la época neoliberal— ha vuelto y se puede prever que se profundizará, siendo este elemento de autonomía e independencia la brújula para las izquierdas futuras. Faltará ver las contradicciones sociales que augura este nuevo periodo del desarrollo capitalista y qué tanta posibilidad hay de emergencia de nuevas fuerzas políticas.

*Jaime Ortega. Profesor-investigador de la UAM-Xochimilco.

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