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No es el relato ni la ultra, es la realidad

Días atrás, el gobierno morenista emprendió otro esfuerzo para intentar inocular y sustanciar, vía un rebautizado centro público de estudios (cuyo director es un historiador profesional, por cierto), la conjetura de que, con la transformación, México arribó al paraíso anhelado desde los pueblos originarios.

El imaginario popular, sin embargo, es arcilla difícil de moldear. Está compuesto de muchas piezas -antropológicas, psicológicas, religiosas, culturales, entre otras- pero destacan dos: la realidad y el relato. Por ahora, la realidad muestra que México no crece; hay 132 mil desaparecidos; las finanzas públicas están famélicas; hay 38.5 millones de pobres; el crimen organizado sigue a todo tren, y el T-MEC, del que depende la economía nacional, vivirá zigzagueante la próxima década. Esa es la realidad.

El relato, por su parte, se ha alimentado con el suero de transferencias improductivas e insostenibles a millones de personas, el negacionismo, la polarización y una “aprobación presidencial” que viene a la baja (48.9%, AtlasIntel/Bloomberg) por la creciente reprobación en corrupción, inflación o crimen. Y el problema para ese relato es una realidad que muestra otra cosa: 32.8% de la población cree que el desempeño del gobierno es “malo/muy malo”.

Para esquivar esa brecha, entonces, hay que cerrarla con el artilugio de reinventar la historia, guiar a los extraviados hacia el evangelio humanista y combatir, con grados y libros, a la “ultraderecha”.

En suma, rescatar a las limpias conciencias de la transformación de las garras del Belcebú derechista.

En otros países y épocas ha sucedido lo mismo. Recordé hace tiempo (Nexos, 07/2021) cómo durante el franquismo los textos escolares decretaban que “España es de abundante riqueza porque así lo quiso Dios…y está dotada por la naturaleza de todo lo que se requiere para ser una nación grande y libre”. En la Argentina de Perón, una ley de 1952 hizo obligatoria la lectura de La razón de mi vida, una autobiografía de Evita, la “jefa espiritual de la nación”, en todas las escuelas.

En Chile, durante Pinochet, las autoridades educativas hicieron un maquillaje semántico para calificar ese periodo como “régimen militar” y no como dictadura, y la junta militar introdujo clichés como la “defensa de la patria” o el “salvataje nacional” para explicar el golpe de 1973.

Y la Rusia de Putin introdujo en el currículum escolar un apartado llamado “historia positiva” que era más bien un proceso de reeducación. Aleksandr Filippov, autor de un nuevo libro escolar aprobado oficialmente, en el que dedica 83 páginas a los planes de industrialización de Stalin pero sólo un párrafo a la Gran Hambruna de 1932-1933, lo argumentó de la siguiente manera: “Es una equivocación escribir un libro de texto en el que los niños aprendan horror y asco sobre su pasado y su pueblo”.

Pero la realidad superó la ficción de todas esas ocurrencias: hoy, solo 38% de los españoles piensa que la religión es importante en la “identidad del país”; Evita quedó como símbolo kitsch de un pasado esplendoroso que nunca existió; Pinochet terminó frente a la historia como un militar ladrón, golpista, asesino y traidor, y la colectivización de Stalin dejó 11 millones de muertos. Experimentos sobran y todos fracasaron.

¿Se puede convertir a los descarriados y espantar a la “ultra” desde un cubículo? Por supuesto, si cambia la realidad mexicana. Y ésta, por ahora, es lúgubre.

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